2026-03-14

Pulpería Impini, el boliche de Talitas que es una leyenda en el departamento

En el corazón del paraje Talitas, a pocos kilómetros de Larroque, en el departamento Gualeguaychú, se mantiene en pie un boliche que es una leyenda, una postal en sepia que el tiempo a conservado.

Estamos describiendo a la Pulpería Impini, fundada en 1865, que es mucho más que un antiguo almacén de ramos generales. Podríamos decir sin temor a exagerar que estamos haciendo referencia a un testimonio vivo de la historia del campo entrerriano, de sus encuentros, sus silencios y sus costumbres.

Llegar hasta allí implica dejar atrás el ritmo de las ciudades y tomar los caminos rurales que aún conservan el pulso del paisaje entrerriano. Entre árboles añosos, pastizales y la calma que sólo se encuentra en el campo, aparece la vieja construcción de paredes gruesas y techos altos, con su galpón y su patio abierto al horizonte. Todo parece hablar de otro tiempo.

La pulpería nació en una época en que estos establecimientos eran mucho más que comercios. Eran el centro de la vida social y económica de las zonas rurales. Allí se compraban provisiones, herramientas, bebidas, telas o yerba; pero también se compartían noticias, se cerraban tratos y se forjaban amistades. En aquellos años iniciales, las referencias lo ubican en otro lugar a don Domingo Solimano detrás del mostrador, luego y ya en el lugar en el que hoy sigue estando, perteneció a la sociedad Belgieri y Monti, que lo transformó en un punto estratégico para viajeros, troperos y vecinos dispersos en el campo.

Con el correr de los años, el establecimiento pasaría a manos de la familia Gervasoni, que mantuvo esa tradición hospitalaria. Pero sería ya entrado el siglo XX cuando la historia del lugar quedaría definitivamente ligada al apellido que hoy lo identifica. En 1921 llegó a la zona el abuelo de la familia Impini, iniciando una relación que con el tiempo se transformaría en una verdadera herencia cultural.

Desde entonces, generaciones de esa familia han cuidado y sostenido el lugar. Hoy, esa posta cargada de emociones la lleva adelante Hernán Impini quien, junto a su esposa María y el acompañamiento de toda la familia, continúa un auténtico legado. Durante años el edificio estuvo cerrado o con escasa actividad, pero en tiempos recientes lograron recuperar el inmueble y poner nuevamente en valor este espacio cargado de historia.

 

Un boliche que fue centro de la vida rural

“En sus años de mayor movimiento, la pulpería era el verdadero centro comercial de la zona” nos cuenta Hernán. Carreros, troperos, areneros y vecinos de los campos cercanos llegaban hasta allí para abastecerse o simplemente para compartir un momento de descanso. “El fogón siempre estaba encendido, y el horno del galpón brindaba calor en las noches frías” indica.

Aquel fogón, cuentan los descendientes, funcionaba como un lugar de encuentro permanente. Los hombres que recorrían los agrestes caminos provinciales encontraban allí abrigo y conversación. A cualquier hora podía aparecer alguien buscando refugio, un plato de comida o un mate compartido.

La pulpería ofrecía prácticamente todo lo necesario para la vida rural de la época. Había carnicería, tambo, mercadería general y bebidas. También funcionaba como una pequeña posta para quienes transitaban la zona con carros o sulkys. “Incluso llegó a tener teléfono —el número ocho— en tiempos en que las comunicaciones eran escasas en el campo” nos dice con un dejo de orgullo.

Las transacciones muchas veces se hacían de palabra. El fiado era habitual y se pagaba meses después, cuando llegaba la cosecha o se vendía la producción. Aquella forma de comercio estaba sostenida por un valor fundamental: la confianza.

Los viejos libros contables todavía guardan rastros de esa época. En sus páginas aparecen anotaciones simples, nombres conocidos de la zona y la palabra “pagado”, escrita muchas veces tiempo después de la compra.

Pero la pulpería no era solo comercio. Era también el escenario de encuentros sociales. Allí se jugaba a la taba o al truco, se escuchaban historias del pago y se comentaban las novedades del campo. En las noches más animadas aparecían guitarras, coplas y algún baile improvisado.

Muy cerca del lugar se levantaba además uno de los espacios religiosos más antiguos del departamento: la capilla del Perpetuo Socorro. A pocos metros también estaban el cementerio y una escuela rural. Todo ese conjunto había sido pensado originalmente como el núcleo de un pequeño pueblo.

Un pueblo que nunca fue

La historia del paraje Talitas guarda un detalle curioso. Durante un tiempo existió el proyecto de que en ese lugar surgiera una pequeña ciudad. La cercanía con el río Gualeguay y el movimiento de carros y comerciantes parecía favorecer ese destino.

Sin embargo, el trazado del ferrocarril cambió el rumbo de la región. Cuando se decidió que las vías pasarían por otro sector, el desarrollo urbano se trasladó hacia lo que hoy es la ciudad de Larroque. Aquella futura localidad que se imaginaba alrededor de la pulpería quedó apenas como una idea en los papeles.

Aun así, durante décadas el movimiento en la zona fue intenso. El establecimiento continuó siendo un punto de referencia para quienes vivían o trabajaban en los alrededores.

Con el tiempo, como ocurrió en tantos lugares del interior profundo, el campo comenzó a despoblarse. Las escuelas rurales fueron cerrando o reduciendo su matrícula, y muchas familias emigraron hacia las ciudades en busca de trabajo o estudios para sus hijos.

La pulpería también sintió ese cambio. Lo que alguna vez fue un centro bullicioso de comercio y reuniones quedó durante años en silencio. Pero la historia aún tenía un capítulo más por escribirse.

 

La pulpería como memoria y encuentro

Hoy la Pulpería Impini vive una nueva etapa. Lejos de su antigua función comercial, el lugar se ha convertido en una suerte de museo vivo del campo entrerriano.

Hernán y María abren sus puertas los fines de semana para recibir visitantes, viajeros curiosos y también a muchos vecinos que vuelven para reencontrarse con recuerdos de la infancia. El interior del edificio conserva gran parte de su aspecto original: estanterías llenas de botellas antiguas, balanzas de otro tiempo, carteles y objetos que narran la vida cotidiana de décadas pasadas.

No se trata de una reconstrucción artificial ni de una escenografía turística. Es, más bien, un espacio donde el pasado permanece casi intacto.

Allí los visitantes pueden compartir una picada, tomar una ginebra, una caña o una cerveza fresca mientras escuchan las historias del lugar. En ocasiones también se organizan encuentros musicales o pequeñas peñas folklóricas que recuperan el espíritu festivo de las viejas pulperías.

Muchos de los que llegan lo hacen por simple curiosidad. Otros llegan por recomendación o después de ver alguna imagen en redes sociales. Pero hay un grupo especial de visitantes: los antiguos parroquianos.

Algunos regresan después de más de cincuenta años. Son hombres y mujeres que pasaron su infancia en el campo y que, al terminar la escuela primaria, debieron emigrar a ciudades industriales como Campana o Zárate en busca de trabajo. Hoy vuelven con hijos o nietos para mostrarles el lugar donde alguna vez acompañaron a sus padres a comprar.

Esos reencuentros suelen ser profundamente emotivos. Las historias resurgen con naturalidad: la vez que llegaron en sulky, el día que se quedaron conversando hasta la madrugada o aquella tarde en que el fogón reunía a todos los peones del lugar. Para Hernán Impini, ese es quizá el mayor valor de la pulpería: poder transmitir esa memoria a las nuevas generaciones.

“Ya no hay más carruajes, ni sulkys, ni la actividad de antes —suele decir—, pero sí está la historia. Y nuestra idea es contarla, enseñarla y que los chicos sepan cómo se vivía en el campo”.

Esa tarea, casi pedagógica, se ha transformado en una verdadera misión familiar. Cada objeto del lugar funciona como disparador de relatos. Cada visitante se convierte, por un rato, en oyente de una historia mayor: la del campo entrerriano y su forma de vida.

Hoy, en medio de la tranquilidad de Talitas, la vieja pulpería continúa cumpliendo una función muy similar a la de sus primeros años. Ya no es el centro comercial del paraje, pero sigue siendo un punto de encuentro. Un sitio donde el tiempo parece caminar más despacio. Un lugar donde la memoria del campo sigue encendiendo, como aquel viejo fogón, la llama de las historias compartidas. Y que vale la pena conocer.

Fuente: Descubrí Entre Ríos

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