2026-05-25

No tan anónimos

Pedro Capdevila, sinónimo de radio en Gualeguaychú

Desde niño y sin saber como, Pedro Capdevila armó una radio. Cerca del río le vendía agua caliente a los turistas que se acercaban al Club Yacaré y con lo recaudado compró todos los elementos. Primero fue operador, luego pasó a dirigir varias radios, muchas de las cuales él mismo les dio vida y hoy sigue cuidando. En la actualidad despliega sus conocimientos y experiencia en Radio Nacional. Una historia para leer, de un personaje “No tan anónimo”.

Cuando uno lo ve a Pedro, corpulento y serio, provoca una sensación de julepe. Pero al entablar una charla su imagen cambia rotundamente, demostrando una sensibilidad particular.

Cuenta su vida con mucho entusiasmo, de su amor por el trabajo, incasable en lo que ama que es la radio, seguro su segunda casa (o la primera no estamos seguros).

 

Esa radio

Y ese aparato que conocemos, al que arma y desarma como si fueran los “mil ladrillos”, Capdevila supo darle vida a muchas de las que funcionan en la actualidad en Frecuencia Modulada en nuestra ciudad.

Conoce el rubro como nadie, por eso lo llaman de otros lugares del país y recibe equipos de otras radios del estado nacional para reparar o calibrar. Es Técnico Bobinador Auxiliar recibido “con fórceps” en la Escuela Técnica N° 2.

 

Su infancia: despertando habilidades innatas

Lo primero que hace Pedro al recibir a R2820 es agradecer y se siente feliz de poder contarle a nuestros lectores su vida. Que nace “en el campo, en una chácara en la zona oeste, cerca de lo que es hoy el acceso sur. Allí, desde 1963, crecí solo, tuve una infancia solitaria”, comienza a contar entusiasmado.

Su madre ama de casa y su padre policía, personal de la comisaría ubicada en “Villa del Cerro”, lo que es hoy Nájera y Urquiza.

Si bien tiene más hermanos, sus primeros años los pasó en soledad en una quinta donde la siembra para alimentarse era tarea de todos los días, se criaban chanchos y se ordeñaba, que lo llevan a recordar como “peleaba con los pájaros por los macachines. Cuando pasaban el arado de mancera tirado por un caballo y daba vuelta la tierra salían lo que llamábamos macachines, un tubérculo blanco tan rico, tan dulce, pero tenía que pelear con los pájaros que también venían a comérselos”.

 

Entre el dibujo y las bobinas

A los 7 años su padre se jubila y se fue a trabajar al Club Yacaré, acompañado por su escueta familia. Dicho club estaba ubicado pasando el Frigorífico, enfrente a las piletas de tratamiento cloacal. “En la casa rosada, esa famosa que está en la esquina, era la vieja casa de los Reverdito, ahí vivimos y donde me crie hasta los 14”.

Seguía su vida solitaria “y en ese tiempo empecé con la locura del dibujo, me gustaba el dibujo artístico, he realizado cuadros, pero no supe dedicarme. Es algo innato, porque sin practicar ninguna técnica ni aprendizaje previo, veo una foto y la dibujo tal cual”.

Y a los 9 “me empezó a picar el tema de la electrónica, pero no sabía bien qué era eso. Veía una bobina, un cable, veía esa chapita de una radio vieja y me volaba la cabeza”, agrega como si se observara en esos años.

“Mi viejo se enojaba mucho porque no quería que yo hiciera eso. ´Vos vas a ser milico como yo´, me decía. Pero bueno, yo igual de caprichoso y a escondidas seguía buscando esas cosas”.

En ese entonces Pedro armaba una radio sin haber visto como se hacía. Como el dibujo, había otra faceta innata en nuestro entrevistado.

Recuerda que un vecino, Enrique Aagaar (cuyo nombre lleva el Museo Ferroviario) “le armé una radio porque él me observaba que andaba con eso”, hasta que llegó a sus manos la revista de historietas Lúpin, en la que se incorporaban circuitos electrónicos para armar y aeromodelismo “muy sencillo y elemental. Y ahí empecé a conocer lo que era un transistor, un capacitor, una resistencia, obvio que me costó una paliza de mi viejo. Pero igual seguí y le pedí una radio vieja al Negro Rojas, un chapista que estaba en calle Italia, y un día me la trae. Un chasis lleno de cosas que más o menos conocía”.

 

Fue por más

En busca de más, comenzó a buscar recaudación para cumplir su fin y comenzó a venderle agua caliente a los turistas. “Recuerdo que juntaba las moneditas en un tarrito y me iba a la librería Ferrando (en calle Italia y 25), buscando información y me compré un libro que se llamaba ´Aprenda Radio en 15 días´, te imaginás… un librito para mi. Y también fui a un negocio llamado Casa Pombo, cuyo titular era un hombre alto, grandote, ojeroso, daba miedo. Fui y: qué querés me dijo, y yo le mostré un circuito y vos sabes que el tipo me daba los componentes y me explicaba y me decía que cuide las cosas. Así, de esa manera armé mi primera radio, a escondidas. Todo comprado de lo que yo hacía vendiendo agua caliente en el club”.

“Un día me mandé una gran picardía. Mi vieja tenía una radio comprada en Casa Betolaza, una casa muy grande que había acá y que estaba en el edificio Guini. Ella, mi mamá, todos los lunes se iba al cementerio tipo 2 de la tarde y en uno de esos días agarré su radio y la desarmé entera, la destripé y armé otra radio en un lapso de dos horas, tiempo en el que ella volvió. Nunca se dio cuenta, pero después con los años le conté lo que había hecho”, recuerda.

Contó que “un día va Raúl Galarraga, que siempre iba al club a jugar a las bochas con el cura Mets me acuerdo; le dice a mi padre: a este gurí hay que mandarlo a la escuela técnica, a lo que obviamente mi viejo se negó. Justo yo ya estaba terminando el séptimo grado en Escuela 10, que hoy es la 9 en Pueblo Nuevo. Pero igual me mandaron a la escuela técnica en calle 9 de Julio”.

 

Un alumno aburrido

Ya en segundo año Capdevila se aburría. Él quería acción. Armar y desarmar, porque “no entendía cómo era el sistema de enseñanza porque el alumno tiene la obligación de tener título secundario y el estudio se complementaba con la teoría y a la tarde en los talleres y yo no quería ir más”.  

Como algunos profesores ya conocían sus habilidades, en varias ocasiones solían sacarlo de clase y llevarlo al laboratorio para resolver algunas cuestiones prácticas que ellos no podían. Pedro iba y las solucionaba.

“Pero me aburría porque me enseñaban a hacer un tablerito para un foquito con una llavecita… y está bien, era lo que se enseñaba en esa época. Igual llegué al tercer año del ciclo básico, muere mi viejo un 18 de octubre, yo tenía 15 años, y fue como que la vida se me despelotó, si bien mi viejo era muy severo, quedamos sin él, solos con mi vieja a pelearla, porque fueron momentos duros y hasta hambre pasamos. Repetí de año porque no pasé química y se armó flor de revuelo en la escuela porque no podía ser que yo estuviera repitiendo de año. Pero el profe Galarraga decidió eliminar ese año para poder hacer el cuarto de término y así fue que me recibí de Técnico Bobinador Auxiliar”.

 

Conociendo su pasión

Año 1980 y Pedro ya había venido metiendo sus narices en la conocida Difusora Grecco. “Mi vieja lo había hablado a Ricardo Ríos, y el negro le dice, bueno, que venga. Y allí conocí entre otros a Alfredo Lucardi, donde estuve un tiempo, pero eso me permitió pisar LT 41. También en esos momentos conocí a Osvaldo Fiorotto en los talleres de electrónica que había, Transselect, que estaba en Bolívar y Montevideo, ahí lo encontré a él más allá de haberlo cruzado en la Difusora para llevarle un cassette de un programa grabado con Eduardo Leiva, Ricardo Ríos y Estela Gigena”.

Pero su enfoque estaba en la LT, “era una cosa que me tiraba. En una de esas visitas a la radio lo cruzo a Armando “Monyo” Mettler (legendario titular de LT 41 por entonces) me animé y lo hablé: señor me gustaría trabajar si usted llegara a precisar… me mira y solo me dijo: bueno te aviso, vos venís a cada rato acá, nos vamos a encontrar”.

Con tantas visitas a la radio “me dieron permiso para sentarme en la consola a operar. Estaba al aire Luis Recalde y Osvaldo Fiorotto era el operador. Y también andaba Néstor Mancini, el Bocho. Un día entra Mettler y me ve sentado a mí a la mesa de la consola y pregunta ¿quién es este pibito? ni me conoció porque estaba de espalda y Bocho, colorado, le dice: es un futuro operador. Dijo: está bien y se fue”.

Como anécdota de ese tiempo, Pedro cuenta que el recordado “Monyo” “iba a eso de las 7 y media 8 de la noche a buscar la plata de la recaudación de los radios servicios que se juntaban cada día. Imaginate que con esa recaudación él pagaba los sueldos. No existía el celular. Eran mensajes mayoritariamente para el campo y se pagaban bien”.

 

Y llegó su tiempo

Al poco tiempo surgió un espacio. El sueño de llegar a la vieja LT estaba cerca tras la jubilación del “Bocha” Arrejoría, que era operador. “Ahí me llaman y empecé como operador en el año 81. El primer programa que me tocó hacer fue un sábado con Bocho en la espalda cuidándome, ´Todo es deporte´, con todo el equipo de Pancho Grecco y Juan Oscar Roldán. Me acuerdo que me transpiraban las manos porque era un programa muy bueno, muy estructurado y muy bien armado, con grabaciones de publicidad que le hacía Luis Bonilla, donde cada deporte tenía su gente, su comentarista y su periodista y Pancho Grecc’o, por supuesto que hacía automovilismo”.

Después vinieron otros programas junto a Mario Vilaboa y Petty Schaff, también “Entre mate y mate”, donde recuerda “sufría mucho porque era un programa muy movido. Recordemos que no existía la computadora, no existía la cinta casi. Tener un grabador era un milagro, porque lo comprábamos nosotros. Entonces, ¿qué pasaba? Se manejaba todo con vinilo, en la mesa de la consola estábamos con la parva de discos que eran las cortinas y teníamos tres bandejas. Dos a la derecha y una a la izquierda. La de la izquierda se usaba para los jingles. En esa época los jingles veían en los discos chiquitos, tipo simple, de aluminio”, agrega Capdevila.

Y recuerda la propaganda de Bardalh porque “solo decía Bardaaaaaaallllhh y duraba pocos segundos y como siempre tenía que bajar la palanca del micrófono que estaba en la bandeja y darle volumen al aviso y luego retomar rápidamente”.

También rememora que su aprendizaje fu ensayo-error, pero con mucha práctica porque lo elegían para diversos programas, con Canario Figún, con Luis Bonilla, “y seguí con todo el deporte que estaba todos los días. Julio Velázquez, los domingos, con Domingos de Fiesta, que al principio se llamó Grandes del Río de la Plata. Alcancé a conocer a Ángel Vicente Araoz y pude hacerle operación. En realidad, conocí así un montón de personajes y así transcurrió mi vida dentro de la radio”.

Su vida era de casa a la radio y de la radio a casa. “no hice carrozas, no me interesaba ir a Bariloche y nunca pise un boliche, no sé lo que era ir a bailar porque no me gustan las aglomeraciones. Recuerdo mis compañeros de radio salían a bailar, pero nunca tuve ganas de ir. La radio fue mi vida, una vida muy tranquila y no me arrepiento para nada”.

 

Otro capítulo

Al traspasar de dueño, las cosas cambiaron en LT 41 y Pedro decide irse y retomar con mayor énfasis su trabajo de técnico. A partir de allí arranca otra historia cuando lo visita Héctor María Maya, quien poseía una radio de frecuencia modulada en calle 25 de mayo (entre España y Chacabuco), pegadita a un boliche llamado “Power”.

En ese primer encuentro Pedro lo recuerda muy bien “cae Héctor a casa y me tira unas llaves y me dice: tomá, hacete cargo de la radio. ¿Qué radio? Le digo ¿yo?, no, ni loco. Mi radio me dice… y me convenció”.

La cuestión fue que la emisora estaba plagada de deudas “se debía de todo, alquiler, teléfono, así que me encargué de reparar el despelote que había. Hasta tuve que financiar la deuda con el Tano Estarópoli, del Hotel Los Ángeles porque ahí estaba la antena y no me dejaban subir a ver el equipo por la deuda que tenían. Pero logré pagar todo y la recuerdo como una de las experiencias fuertes que tuve “.

 

Duro de domar

“En ese lapso –rememora Pedro-  un día aparece en la radio el recordado Horacio Rivas. Entra y le pregunto ¿quién sos vos?, aunque yo sabía de quien se trataba. Me dice: vengo a ser el director de esta emisora. ¡A la mierda! le digo, pero a mí no me han informado nada y el responsable de esto soy yo. Sí, sí, pero... No, no, no, le digo: retírate de inmediato” y acompaña con risas.

Otro recuerdo de ese tiempo, es que Pedro le cambió el nombre a la radio, le pudo “La 101” (en alusión al dial que estaba) y en un momento Pedro consigue una publicidad de un boliche ubicado en la costanera. “Imagínate el quilombo que se me armó porque estábamos metidos en Power y tenía un aviso de la competencia. Incluso vino a hablar conmigo el querido Osky que también aportaba muy buena publicidad con El Angel. Ante tanto despelote decidí juntar a los dueños de los boliches y que auspicien juntos un programa. Solucionada la cuestión”.

 

Y llegó el Multimedios

“En un momento Héctor aparece con la idea de hacer un multimedios –recuerda-  ahora tienen que trabajar nos dijo. Recuerdo, además de Maya, estaban Carlitos Michelu, Luis Panelo, Horario Rivas, Guillermo Presas y se tira la idea. Presas decide no seguir y como era el titular de la frecuencia Maya le pregunta: cuanto querés por la radio y me consultan a mi. Al vuelo saco los cálculos y ponele serán 11 millones de ahora. Presas saca sus cuentas y acepta. Así que logré acertar improvisando en ese momento”.

Y nace el Multimedios, con el aporte de los mencionados y con la llegada de tecnología para darle presencia al proyecto.

“Se fusionó todo en un solo lugar, en un caserón que había sobre calle Urquiza casi Rocamora, con varios estudios, trajeron equipos varios y uno con la frecuencia 105.1 y pregunté que van a hacer con este transmisor. Así que lo tomé yo y se me ocurrió una idea a raíz de que había cargado música en una computadora de los años 60 y 70, que comenzaba a estar de moda por ese entonces. Así nació Radio Latina, aprovechando el equipo y mis carpetas de música. Habrá sido el año dos mil”.

El Multimedios tuvo que mudarse en dos oportunidades, primero a calle Bolívar, casi Montevideo y al tiempo a calle 25 casi Borques, “donde estuvimos un largo tiempo, incluso se me ocurrió crear otra radio, la 95.7 Radio Noticias, que funcionó muy bien pero era únicamente dedicada al tango y al folclore, pero no la supieron comercializar, porque si bien era mi idea, la armaba, la ponía al aire, no vendía publicidad porque nunca fue mi fuerte”.

Luego de esas experiencias Pedro decide retirarse.

 

Volver a empezar

“Empecé a viajar a Córdoba a trabajar en una radio que le instalé a José María Adón, aquel que hacía Sentimientos Árabes y hoy los hijos siguen su camino, en Alta Gracia. Muere mi mamá en 2004 y me quedé a trabajar en casa”.

Pero como dice la canción “el amor es más fuerte”, nuestro entrevistado en su casa arma su propia radio. “Ahí nace Radio Tiempo, en casa armé un transmisor, puse la antena y empecé con folclore de nuevo en el 103.5. Fue una radio que anduvo muy bien e hice todo lo imposible para que me la habilitaran, pero nunca me dieron la licencia. Así y todo, funcionó 8 años, con el aporte de Martín Aldeano, los dos solos trabajamos. Cuando decido apagarla, porque ingresé a trabajar en Radio Nacional en 2014, me llamó gente llorando, apenados porque había cerrado la radio, incluso gente de Zárate que solía venir a la ciudad también me llamaron, como otros vecinos de Gualeguaychú. Pero se hacía difícil mantenerla”.

 

En su hábitat siempre

Así ingresó a la emisora de Urquiza al oeste el 28 de abril de 2014 donde “estamos haciendo tareas de mantenimiento con mi compañero Raúl Medina, quien maneja muy bien el tema AM, transmisores, yo soy más de la FM y de los transportes, nos complementamos bien”, también de tanto vuelve a su vieja tarea de operar, pero aclara que “hoy uno opera a la computadora, no a la radio”, marcando la diferencia con otros tiempos.

Con el avance la tecnología acota “nos pasó por arriba y hay que estudiar y leer de vuelta y comprender, pero al tener una base analógica, traducir después lo que es el digital es más sencillo, pero de a poquito porque no es fácil mezclarlos, pero se puede. Lo digital avanza y se está perdiendo lo analógico”.

También en la actualidad para desenchufarse del trabajo, Capdevila cocina. “Me gusta mucho por eso hago empanadas para vender eso me saca de la cotidianeidad de la electrónica”.

 

Historias de la historia

Muchas anécdotas “me dan vueltas”, dice Pedro y recuerda una operando en una carrera de autos, con ese estilo innovador, a Pedro se le ocurre hacer el cierre y le da lo que se llama reverberancia (un sistema que alarga el sonido) a la cámara de eco, pero no le gustó a Pancho Grecco “y cayó como si hubiera sido un pecado mortal. Le hablaron a Mettler, que yo les había faltado el respeto. Fue terrible, pero pasó”.

Pero luego hubo reivindicación, también en una carrera de autos “como me había comprado mi primer grabador, se me ocurre grabar el final de la carrera. Venía Pancho haciendo el relato en la recta final, diciendo ganó, ganó, ganó, ganó, bla, bla, bla, todo el relato eufórico. A esa grabación le hago el replay en radio cuando Miguel Villanueva hace el cierre y cortina mediante de fondo. Quedaron pasmados. Me temblaban las manos porque mezclaba la cortina con la voz de Pancho grabada. Y ahí sí vinieron las felicitaciones, logré reivindicarme y después me lo pedían en todos los programas”.

En esa ápoca “me manejaba con tres caseteras, una iba grabando y marcaba, por ejemplo, en la transmisión de fútbol donde estaba el gol y después uno iba tomando o haciendo copias, si había otro grabador hacías copias del gol y seguías grabando cruzando los dedos para que no hubiera un gol en ese momento que estaba grabando”.

 

También en tv

Pedro también supo incursionar en la televisión, “en Canal 6 con Estela Gigena, Bocho Mancini, Luis Bonilla, e hice de camarógrafo también y fui el culpable de que la ciudad de Gualeguaychú no pudiera ver el final de la novela La Extraña Dama. Ese día Mettler me dice: gordo cuida el cabezal porque está el final de la telenovela y se viene una tormenta. En ese interín, me llaman de una radio que se había apagado, por calle Del Valle, así que me escapé un rato y no va que azota la tormenta se daña el cabezal y la ciudad se quedó sin poder ver el final de la novela. Pero más allá de mi escapada, nada podría haber hecho ante la tormenta”.

En ese sentido agrega “por ejemplo cuando se produce el equinoccio y hay una parabólica apuntando al cielo, no hay opciones porque se cancela toda señal. Eso sucede dos veces, al principio y al final de cada año. ¿Cómo le explicás a la gente que está mirando la tv en ese momento? Porque así es la naturaleza”.

 

Otra anécdota y van…

Al final, haciendo gala de su amabilidad, Pedro redobló el agradecimiento y aclaró “tengo muchas cosas para contar, de la vida de la radio en Gualeguaychú que pude compartir y vivenciar, en todos los casos fueron experiencias hermosas, de mucho aprendizaje y recordó cuando la LT estaba en Fay Mocho 486 y “Mettler decide llevarla a Urquiza y Gualeguay. Le digo a Monyo yo me encargo del traslado, toda la parte técnica, para no cortar la transmisión. Me dijo que no, que era difícil, que estaba buscando a alguien que lo hiciera. Yo más terco que él, insistí y aceptó. Empecé un día a las 9 de la noche, puse una consola directa al transmisor y desarmé todo. Me acompañó Wilson Laclau, el papá de Wilson que hoy está en LT 41, también un poco Osvaldo (Fiorotto), porque tenía que madrugar al otro día. Lógicamente la radio no se apagó en ningún momento, salvo a las 12 que se cortaba todos los días para volverla a encenderla de nuevo a las 6 de la mañana. Puse una consola de emergencia con una grabación a cassette y me me llevé todo y empecé a armar. A las 5 prendí la radio en la nueva dirección”.

Pero la cuestión no termina acá, “me contaron unos amigos que había un tambero que usaba la radio para guiarse en su trabajo de llevar la leche al camión recolector. El se despertaba todas las mañanas a las 4 y a las 6, cuando se prendía la LT, él sabía que era hora de ir a esperar al camión. Pero ese día la emisora se prendió a las 5 y salió apurado a esperar el camión para trasladar la leche, pero no llegaba nunca. Se había anticipado una hora antes de lo habitual culpa de la radio”.

 

El día “que nací de nuevo”

Y era cierto, las anécdotas son varias, como el día en que “nací de nuevo”, según lo recuerda Pedro como una de las experiencias más fuertes de su vida. 

“un 8 de julio había un evento importante en el Teatro Gualeguaychú y nos acomodamos para transmitir en vivo”.

Y sigue “recuerdo que saqué una antena por el ventiluz del vestuario bien allá arriba, porque un muchacho que le decían Cometa, colocó una antena adentro y le pedí que la sacara y me pidió disculpas. Bueno no hay drama, pero dejá que la saco yo. Cuando subo me olvidé de los 13 mil voltios que circulaban en los cables sobre la vereda, cuando saco la antena engancho los cables de los 13 mil, pero por esas cosas del destino, del universo, de los fantasmas de ese lugar, no sé, me salvé. Eso si: hizo un desastre porque explotó todo, los cables que había instalado, de casualidad se salvó la consola de Jorgito Balerdi. No sabés el ataque que tenía, pero no me pasó nada y a nadie gracias a Dios. Hoy en día todos los 9 de julio Daniel “Manguera” Hernández me llama y me dice: feliz cumpleaños, ese día nací de nuevo”.

Por Luis Alem

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