La crítica y serena mirada de Héctor Masaferro ante la crisis del comercio
En tiempos de incertidumbre, cuando el comercio local parece moverse entre balances ajustados, promociones forzadas y persianas que se bajan, la palabra de Héctor Masaferro adquiere un peso singular. No sólo por su extensa trayectoria como comerciante en Gualeguaychú, sino también por el tono con el que describe un presente áspero: sin dramatismos innecesarios, sin golpes de efecto, con la calma de quien ha atravesado muchas crisis y sabe que, aun en los peores escenarios, la templanza también es una forma de resistencia.
“Esto no viene de ahora, ya tiene más de un año. El año pasado fue también uno de los peores años de 57 años de comerciante que tengo en Gualeguaychú. Pero viene difícil, difícil, difícil. Y sigue estando”, resume. En su voz no hay resignación, sino una preocupación medida, sostenida por la experiencia y por una lectura amplia de la realidad: lo que ocurre, aclara, no es un problema exclusivo de su rubro, sino una dificultad que atraviesa a gran parte del entramado comercial y productivo.
Masaferro observa un escenario de consumo retraído, márgenes cada vez más estrechos y comerciantes obligados a redefinir estrategias para no quedar afuera. En su caso, la respuesta ha sido clara: adaptarse a las posibilidades de la gente, ofrecer facilidades, resignar rentabilidad y hacer todo lo posible para sostener la actividad sin romper el vínculo con el cliente.
La salida nuestra ha sido poder adecuarnos lo que más hemos podido a las posibilidades de la gente. Y eso se da con facilidades y evidentemente con una rebaja de precios que afecta a nuestros resultados”, explica. Esa decisión, sin embargo, no se agota en una lógica comercial. También hay allí una postura humana frente a la crisis. Mientras muchos negocios cerraron o redujeron personal, él eligió, hasta ahora, mantener a sus trabajadores. “He tratado de mantener al personal pensando que necesitan trabajo más allá de la indemnización”, dice, con una frase que resume una forma de entender el comercio no sólo como actividad económica, sino también como responsabilidad social.
Esa mirada se vuelve todavía más nítida cuando pone el foco en los empleados. El comerciante puede achicarse, resistir con ahorros, reformular su negocio o sostenerse un tiempo con capital propio. Pero el trabajador, advierte, muchas veces no tiene red. Y allí aparece una de las preocupaciones más profundas de su testimonio: la cantidad de familias afectadas por despidos y por la falta de nuevas oportunidades laborales en una economía que parece haberse detenido.
Masaferro no esquiva tampoco otros factores que hoy tensionan al comercio tradicional. Habla de la competencia desigual con algunos fabricantes que, además de producir, venden directamente al público y compiten con mejores condiciones. Señala también el impacto de la ropa importada, que gana terreno por precio en un contexto donde, para muchos consumidores, la urgencia económica termina pesando más que la calidad. Y suma a ese cuadro el avance de las ventas online, un sistema que reconoce como parte del presente y que incluso utiliza, aunque reivindica el valor de la atención personal, la prueba de la prenda, el asesoramiento y la confianza construida cara a cara.
Su diagnóstico es severo, pero no derrotista. Tal vez allí esté el rasgo más valioso de su testimonio. Masaferro habla desde una experiencia de casi seis décadas de mostrador, pero también desde una trayectoria pública y política que le permitió observar los ciclos económicos con perspectiva. Sabe que las crisis no son una novedad en la Argentina. Sabe también que ninguna situación de deterioro permanente puede sostenerse indefinidamente.
“Me parece que todo tiene alternativa de solución. Por lo menos hay que pensar así”, afirma. Y en esa frase se condensa una ética de la espera activa: no la esperanza ingenua de que todo se resuelva solo, sino la convicción de que mientras tanto hay que hacer lo posible, sostener lo que se pueda y no perder la noción de que el país, tarde o temprano, necesita recuperar un funcionamiento más normal.
Por eso, aun cuando reclama respuestas del Estado en sus distintos niveles —municipal, provincial y nacional—, lo hace desde una expectativa de reconstrucción y no desde la mera queja. Considera que las autoridades conocen el daño que la crisis está provocando en el empleo y en las familias, y que deben actuar para aliviar un panorama que ya lleva dos años de deterioro sostenido. También entiende que el año electoral puede empujar correcciones, en la medida en que el malestar social termine expresándose en las urnas.
En el fondo, lo que transmite Masaferro es una combinación poco frecuente entre realismo y equilibrio. No minimiza la gravedad del momento, pero tampoco se entrega al pesimismo absoluto. Habla de comercios que cierran, de personal despedido, de ventas en caída, de fabricantes que compiten con sus propios clientes comerciales. Sin embargo, en ningún momento pierde de vista una certeza construida a fuerza de años: las crisis pasan, aunque dejen marcas, y la salida suele empezar por la capacidad de resistir sin perder la humanidad ni la sensatez.
Quizás por eso su testimonio resuena más allá de su rubro. Porque no habla sólo de números, promociones o rentabilidad. Habla de cómo sostenerse cuando todo aprieta. De cómo cuidar a los empleados en un contexto hostil. De cómo seguir abriendo cada mañana aun cuando el horizonte sea incierto. Y de cómo, incluso en medio de uno de los peores momentos de su extensa vida comercial, todavía es posible mirar hacia adelante con preocupación, sí, pero también con esperanza.