El ritual del rock: La Renga y una parada histórica en Gualeguaychú
Gualeguaychú volvió a ser el epicentro de una peregrinación que trasciende lo musical. Como en la religiosa donde el credo es lo central y la fe se mide en pogo, el "banquete" de La Renga transformó a la ciudad entrerriana en un templo a cielo abierto.
Esta vez, el rock no fue solo espectáculo; fue un rezo colectivo.
La revancha del espacio
Catorce años debieron pasar para que la banda de Mataderos se reencontrara con este suelo. Atrás quedó la amarga experiencia del Corsódromo, un escenario que en su momento no logró contener la energía desbordante del público reneguero.
En esta oportunidad, la elección de la Costanera —pese a ser un predio aún en proceso de finalización— permitió que el "campo" recuperara su protagonismo, eliminando las distancias de las tribunas y devolviendo al fanático su lugar natural.
Bajo una luna llena imponente que bañaba río aledaño al predio desde el este, la atmósfera previa se vivió con una calma litúrgica.
Tras los estrictos controles de seguridad, el ingreso al sector del escenario sorprendía por un silencio respetuoso, casi místico, donde miles de personas aguardaban abrigadas frente al frío cortante, luciendo sus banderas con el icónico "73", la estrella y el fénix.
Un despliegue visual y sonoro de alto impacto
A las 21:33, sucedió el estallido. Lo que comenzó como una escenografía sobria en blanco y negro se dinamitó en una explosión de colores, proyecciones psicodélicas y esculturas alegóricas que enmarcaban a Chizzo, Tete y Tanque.
Desde lo estrictamente artístico, el trío demostró por qué sigue siendo la columna vertebral del rock argentino. El sonido fue impecable: una muralla sónica que se percibía nítida en cada rincón de la ciudad.
Si bien la voz de "Chizzo" Nápoli es el estandarte, la evaluación artística de la noche destaca un equilibrio instrumental magistral. Los solos de batería de Tanque y la potencia del bajo de Tete se impusieron por sobre la calidad vocal, logrando una amalgama técnica que solo décadas de ruta pueden otorgar.
El repertorio fue una comunión de clásicos y "perlitas" que los seguidores de ambos lados del Río de la Plata —se vio una fuerte presencia de banderas uruguayas— cantaron a coro de principio a fin durante casi tres horas de show.
El contraste social y el debate necesario
Fuera del predio, la realidad económica marcó un contrapunto. Los vendedores ambulantes y puestos informales hablaron de una "malaria" evidente, con ventas por debajo de lo esperado pese a la marea humana que invadió sectores del parque Unzué y playas.
La cultura del consumo que rodea al banquete —remeras, gorros y comida casera— esta vez se enfrentó a un bolsillo más ajustado y a una competencia feroz de vendedores llegados de todo el país.
La desconcentración, pasada la medianoche, fue ordenada. Mientras algunos retornaban a sus hogares en un desfile de micros y traffics, otros estiraban el ritual en la costanera.
El paso de La Renga deja a Gualeguaychú con mucho para analizar: el impacto económico frente a la alteración del orden urbano, la basura en las calles y la necesidad de infraestructura.
Sin embargo, en el balance artístico, el veredicto es unánime: la música volvió a ser sagrada y el ritual, una vez más, quedó cumplido.