2026-10-24

Mujeres rurales: Susana Boari, una vida ligada al campo y al trabajo familiar

Después de una etapa en la ciudad, hace 25 años Susana Boari decidió volver a la vida rural para acompañar a su esposo en la actividad agropecuaria. Hoy, a los 68 años, lleva adelante un emprendimiento de gallinas ponedoras y reivindica el esfuerzo, la constancia y el arraigo de las familias que viven de la producción.

Susana Boari conoce de cerca las exigencias y las satisfacciones de la vida rural. Criada en Nuevo Rincón, una zona ubicada entre Gualeguaychú y Urdinarrain, pasó parte de su juventud en la ciudad, donde completó sus estudios secundarios e incluso trabajó en una peluquería. Sin embargo, hace aproximadamente 25 años tomó una decisión que cambiaría su vida: regresar al campo para acompañar a su esposo en la actividad agropecuaria.

Lo que comenzó como una elección familiar se convirtió en una forma de vida que disfruta profundamente. Lejos del movimiento urbano, encontró en el contacto con la naturaleza una sensación de libertad y bienestar que, asegura, sigue siendo uno de los principales motivos para permanecer en el ámbito rural.

Sus primeros años estuvieron marcados por el trabajo cotidiano en campos arrendados. Allí se involucró de lleno en las tareas productivas: durante mucho tiempo se calzó las botas para ordeñar un pequeño rodeo lechero y alimentar a los terneros que luego se destinaban a la venta. Una labor exigente, que requería esfuerzo físico y dedicación permanente.

Con el paso de los años, fue encontrando su propio espacio dentro de la explotación familiar. Actualmente, en el campo donde vive junto a su esposo, se dedica principalmente a la crianza de gallinas ponedoras, una actividad que puede combinar con las tareas domésticas y que representa una fuente de ingresos.

Un emprendimiento que crece entre gallinas y huevos

Su emprendimiento cuenta con alrededor de 400 gallinas ponedoras y otras 300 pollitas en etapa de crianza. Compra las aves desde pequeñas y las alimenta hasta que comienzan a poner huevos, aproximadamente a los seis meses.

Una de las características de su sistema de producción es que las gallinas permanecen al aire libre, donde pueden complementar el alimento balanceado con pastos e insectos, aunque siempre tienen comida disponible en los comederos.

Detrás de cada maple de huevos hay una rutina que no admite demasiadas pausas. A sus 68 años, Susana sabe que el manejo de las aves requiere atención constante y que factores como la temperatura, la disponibilidad de agua y el cambio de plumas inciden directamente en la postura.

Durante los períodos de calor, por ejemplo, garantizar el acceso al agua resulta fundamental para evitar una caída importante en la producción. Las gallinas atraviesan su etapa de mayor rendimiento durante aproximadamente dos años, aunque después continúan poniendo huevos, pero en cantidades menores.

En los momentos de mayor productividad, Susana llegó a reunir unos doce maples diarios. Actualmente, la producción ronda entre ocho y nueve, un volumen que logra comercializar a través de pedidos que recibe principalmente por teléfono.

El cuidado sanitario también forma parte de sus responsabilidades. Realiza tratamientos antiparasitarios periódicos y observa el comportamiento de las aves para detectar posibles inconvenientes. Entre las dificultades menciona la presencia de depredadores, como lagartos y comadrejas, que pueden afectar el emprendimiento al alimentarse de los huevos.

El valor de elegir la vida rural

Mientras Susana se ocupa de las gallinas, la casa y el cuidado de las plantas, su esposo lleva adelante distintas tareas agropecuarias, desde la siembra y la cosecha hasta el mantenimiento de la maquinaria y la atención de los animales.

La familia trabaja sobre una explotación de unas 38 hectáreas, complementada con superficies arrendadas. En ese espacio construyen, día tras día, una dinámica de trabajo compartido que representa la realidad de numerosos pequeños productores rurales.

Para Susana, la vida en el campo implica mucho más que una actividad económica. Es una elección personal que le brinda satisfacción y sentido de pertenencia, aunque reconoce que demanda un compromiso permanente.

“Vivir y trabajar en el campo requiere de una vocación muy fuerte”, sostiene. Las tareas deben realizarse independientemente de las condiciones climáticas y las responsabilidades no siempre permiten tomarse un descanso cuando se desea.

Por eso, considera que quienes eligen esta forma de vida necesitan constancia, dedicación y una auténtica cultura del trabajo.

Después de tantos años, Susana no duda de su decisión. El campo es su lugar, el espacio donde encontró una manera de vivir que disfruta y donde continúa apostando al trabajo familiar. Su historia refleja el esfuerzo cotidiano de las mujeres rurales, muchas veces protagonistas silenciosas de emprendimientos que sostienen la producción y mantienen vivo el arraigo en el interior entrerriano.

Fuente: Facebook Campo Industria.

Te puede interesar