7 de junio Día del Periodista
Periodistas: esos molestos necesarios
En ese escenario, los periodistas han pasado a integrar la lista de enemigos favoritos del poder. No importa demasiado quién gobierne: cuando las preguntas incomodan, el mensajero suele convertirse en el problema.
Por eso, en el Día del Periodista, quiero referirme brevemente a mis amigos periodistas, a esos que intento imitar cada semana desde este espacio.
Se trata, sin exagerar, de una tarea noble. La de buscar información, contrastarla, interpretarla y compartirla. La de ofrecer un servicio indispensable para una sociedad que, pese a las apariencias, sigue necesitando saber qué ocurre detrás de los discursos, las fotos oficiales y las publicaciones cuidadosamente editadas para las redes sociales.
Es una profesión expuesta. Quizás una de las más expuestas. Si un periodista dice "sí", le preguntan por qué dijo sí. Si dice "no", le preguntan por qué dijo no. Y si no dice nada, le cuestionan el silencio. Pocas actividades reciben tanto escrutinio permanente.
Y eso ocurre porque el periodismo cumple una función central: conseguir información, ponerla a disposición de la ciudadanía y, muchas veces, promover debates que fortalecen la vida democrática.
Claro que existen periodistas ensobrados. Negarlo sería tan ingenuo como afirmar que todos los médicos son excelentes, todos los abogados honestos o todos los políticos incorruptibles. Algunos se descubren rápidamente; ni siquiera hacen el esfuerzo por disimular. Pero también existe una enorme mayoría que trabaja con dignidad en un contexto cada vez más difícil.
Muchos medios dependen de publicidad estatal, de empresas privadas o de pequeños comercios que sostienen su funcionamiento. Mantener la independencia cuando quien paga también espera favores no siempre es sencillo.
Y allí aparece la diferencia entre quienes acomodan sus convicciones al mejor postor y quienes prefieren perder un cliente antes que perder el respeto por sí mismos.
En ciudades como la nuestra, además, la tarea tiene una dificultad adicional. Nos conocemos todos. Sabemos quién es quién, conocemos historias, trayectorias, virtudes y miserias. Esa cercanía muchas veces genera silencios, prudencias excesivas o temas que nadie quiere tocar. No siempre por censura; a veces por comodidad, otras por temor y algunas simplemente porque resulta más fácil mirar para otro lado.
También es cierto que el periodismo ha sufrido una especie de inflación profesional. Cada nueva radio, portal o red social parece habilitar automáticamente a alguien para ejercer el oficio. Como si alcanzar un micrófono o abrir una página web bastara para convertirse en periodista.
Y entonces aparecen los disparates. Errores ortográficos que producen escalofríos, datos sin verificar, opiniones disfrazadas de información y operaciones presentadas como investigaciones.
La tecnología democratizó la posibilidad de publicar; lamentablemente, no democratizó el talento ni el rigor.
Por suerte, siguen existiendo los otros. Los responsables. Los que estudian, verifican, preguntan dos veces antes de afirmar una vez. Los que entienden que una noticia puede afectar reputaciones, decisiones y vidas. Los que todavía sienten respeto por la verdad, aun sabiendo que nunca se la alcanza completamente.
Y ya que está tan de moda hablar de inteligencia artificial, conviene recordar algo. Ninguna máquina puede reemplazar al periodista que sale a la calle, que golpea puertas, escucha testimonios, detecta contradicciones y encuentra aquello que alguien preferiría mantener oculto.
La inteligencia artificial puede ordenar información, procesarla y hasta redactarla. Pero sigue dependiendo de que alguien haga primero el trabajo esencial: conseguir la noticia.
Por eso mi homenaje a los periodistas en su día. A los buenos, que son muchos más de lo que algunos quieren hacernos creer.
Y, sobre todo, a esos periodistas que siguen molestando al poder. (Hablo de ese poder que no es solo el estado si no también los poderes económicos, los poderes sindicales, los poderes empresariales, los poderes políticos, etc.).
Porque cuando el poder deja de sentirse incómodo, probablemente alguien esté dejando de hacer su trabajo.
Bernardo dei Maquiavelli