7 de junio, Día del Periodista

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07/06/2026

El periodismo, la verdad y el oficio de contar lo que pasa

Si en el centro de nuestra plaza San Martín pasa caminando la vecina Lucía y se cae —“se pega un porrazo”, como solemos decir— probablemente nadie considere ese hecho un acontecimiento importante. Será apenas un episodio cotidiano, uno más entre tantos que suceden a diario. Pero si quien tropieza y cae es el intendente local, inmediatamente habrá comentarios, especulaciones y seguramente una noticia.

Así nacen muchas veces las noticias y también aquello que no llega a serlo. De esa selección inevitable vive el periodismo desde siempre. Porque el periodista no solo informa: también interpreta qué hechos poseen relevancia pública. Y aunque a veces se critique esa lógica, también es cierto que los medios terminan ofreciendo, en gran medida, aquello que el público consume, comenta y reclama.

Claro que todo cambia según las circunstancias. Si Lucía, producto de esa caída, sufriera una tragedia mayor y el lugar se llenara de ambulancias, bomberos y conmoción, el hecho adquiriría otra dimensión. La noticia dejaría de estar relacionada con quién cayó para centrarse en la gravedad del acontecimiento. En cambio, si el protagonista es un funcionario, muchas veces el interés se activa automáticamente: se especulará con problemas de salud, estrés, presión alta o cualquier otra hipótesis. El personaje convierte el hecho en noticia.

 

Inevitables cambios

El periodismo ha cambiado tanto como cambió el mundo. Hubo una época en la que la objetividad era casi un mandamiento sagrado dentro de las redacciones. Se defendía como una garantía ética y profesional. El periodista debía mantenerse distante, frío, neutral. Perder esa condición equivalía, para muchos, a abandonar la esencia misma del oficio.

Sin embargo, en estos tiempos todo parece atravesado por la subjetividad. Incluso cuando se intenta abordar un tema con equilibrio y datos concretos, aparece inmediatamente otra mirada que cuestiona: “¿Por qué se eligió hablar de esto y no de otra cosa?”. La sola elección del tema ya es interpretada como una toma de posición.

A la vez, vivimos en una época donde la desconfianza ganó terreno de manera alarmante. Se sospecha de todo y de todos. Las redes sociales multiplicaron versiones, operaciones y rumores a una velocidad nunca antes vista. Hasta fue necesario incorporar un término globalizado como “fake news” para bautizar a las noticias falsas, como si la mentira necesitara ahora un nombre moderno y sofisticado para legitimarse.

 

Sentido común y verdad

Frente a este escenario aparecen dos cuestiones centrales. La primera es recuperar el sentido común. Algo que parece sencillo, pero que muchas veces resulta escaso. El sentido común implica observar la realidad desde lo evidente, desde lo lógico, desde aquello que cualquier ciudadano razonable puede comprender sin necesidad de fanatismos ni extremismos.

La segunda cuestión, inseparable de la anterior, es sostener siempre la búsqueda de la verdad como principal horizonte de la tarea periodística. La verdad debe ser el norte permanente del oficio, aun sabiendo que muchas veces es incómoda, incompleta o difícil de alcanzar. Todo lo demás —las operaciones, los intereses, las simpatías o los negocios— debería quedar al margen. Como expresan las Sagradas Escrituras: “Solo la verdad nos hará libres”.

La “viña del Señor” está llena y el periodismo no escapa a esa regla. Hay profesionales serios y comprometidos, y también existen oportunistas, improvisados y personajes que degradan la profesión. Con la expansión de las radios FM primero, y luego con la explosión de portales digitales y redes sociales, el oficio se multiplicó de manera extraordinaria. Hoy cualquiera puede comunicar, opinar o publicar información en tiempo real.

En ese universo conviven periodistas rigurosos con otros que priorizan el escándalo, el carpetazo permanente, la publicidad oficial o el impacto fácil. Existen quienes trabajan con responsabilidad y también quienes aún escriben con errores insalvables o hablan al aire sin la mínima preparación. El problema no es solamente tecnológico: es también cultural y profesional.

Por otro lado, las empresas periodísticas tradicionales atraviesan una crisis profunda. La caída de ingresos, la transformación digital y las nuevas formas de consumo obligaron a muchos medios a reinventarse para sobrevivir. En ese camino, lamentablemente, los ajustes suelen recaer sobre los trabajadores. Muchos periodistas quedaron sin empleo o debieron buscar alternativas laborales en instituciones, áreas de prensa o incluso dentro del Estado para poder subsistir.

 

Realidad

En Gualeguaychú, además, el periodismo mantiene todavía cierto rasgo pueblerino. No abundan las investigaciones profundas ni las grandes revelaciones. Se trabaja mucho sobre fuentes conocidas y pocas veces se avanza más allá de ciertos límites implícitos. Tal vez porque aquí todavía nos conocemos demasiado entre todos. Esa cercanía social genera vínculos, condicionamientos y prudencias que no existen en los grandes centros urbanos.

Incluso cuando algún colega logra destapar una “olla”, buena parte de la sociedad suele relativizar o desconfiar. En ciudades intermedias, donde los lazos personales pesan más que las estructuras institucionales, el periodismo encuentra dificultades adicionales para ejercer plenamente un rol incómodo o confrontativo.

Y en medio de todo esto, resulta preocupante el nivel de agresividad verbal que el presidente Javier Milei mantiene hacia el periodismo. Más allá de su estilo confrontativo —al que muchos ya parecen haberse resignado— los insultos y descalificaciones permanentes no contribuyen al fortalecimiento democrático. No todo periodista forma parte de conspiraciones, operaciones desestabilizadoras o supuestos complots internacionales.

Aunque también sería ingenuo negar que existen colegas que juegan políticamente, que responden a intereses determinados o que priorizan el rating y la exposición personal por encima de la información seria. Los hay. Algunos incluso actúan como verdaderos operadores. Pero justamente por eso se vuelve más necesario recuperar aquel “sentido común” mencionado antes y volver a valorar el periodismo que intenta informar con honestidad, responsabilidad y apego a la verdad.

Porque, en definitiva, el periodismo podrá cambiar de formatos, plataformas y lenguajes, pero seguirá teniendo una misión esencial: contar lo que pasa de la manera más honesta posible.

Luis Evaristo Alem