NO TAN ANÓNIMOS

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14/06/2026

“Cachilo” Fernández, el eterno disc jockey de Gualeguaychú: “hay que mirar la pista, verle la cara a la gente para tener éxito con la música”

Animador de varios boliches en nuestra ciudad, supo ganarse un lugar desde los años 80, tomando a “Bárbaro” como su espacio en la noche local. Pasó de trabajar con los discos de vinilo, cassettes, CD hasta la computadora manual. Hoy despliega su talento y arte en muchas fiestas privadas, donde resalta su capacidad para mezclar la “música de antes” con la actual. Sin duda, una historia para leer, de un personaje “No tan anónimo”.

Como suele suceder en los pueblos, o en ciudades como la nuestra que conserva ese espíritu pueblerino, el nombre Carlos Fernández puede resultar difícil de identificar. Pero cuando se nombra a “Cachilo” Fernández, se sabe de quién se trata.

Vecino desde el inicio de su historia, nuestro entrevistado se crio entre planchas, secadoras, aditivos textiles… en la Tintorería Albo, propiedad de su padre Rubén, que se ubicaba en La Rioja y Magnasco.

“Era una tintorería muy famosa”, recuerda con afecto Fernández, agregando “mi viejo fue el primero que pintó una furgoneta, allá por el año 70 cuando él salía con Matecito (José Antonio Blanc) que eran muy amigos, como de la familia y después hubo otro colega que también trabajó en el negocio de mi viejo, que fue disc jockey, para mí uno de los históricos y más respetados, que fue Ricardo Ríos”, planchador en el negocio de su padre a quien “le pedía permiso: don Fernández tengo una fiesta, iba en una Gilera negra, llevaba un cajoncito, los equipos valvulares y los parlantecitos”.

 

De chico ya en el rodeo

Ricardo tomó fama por entonces, más aún cuando comenzó a trabajar con Alfredo Lucardi en la Difusora Grecco, donde “a veces me llevaba; tenía 14 o 15 años y también a los bailes en el club social de Gualeguay, que, a pesar de mi edad, tenía que ir de saco y corbata. Eran unos bailes famosos, como los del Club Recreo Argentino acá, a fin de año”.

Allí comenzaron sus primeros contactos con la música, más allá de que “de chico escuchaba en casa en el Winco que mi viejo tenía porque a él le encantaba la música. Ahí mamé de chico todo lo que era el folclore, jazz, tango, pasodoble, fox trot. Además, mis viejos eran grandes bailarines, iban siempre a una cantina que había en España y Del Valle, se llamaba ´La cantina de la Gaviota´ donde los viernes se armaban los bailongos”.

El gusto de su padre, que compraba los discos en Timets sobre calle 25 de Mayo, lo llevó a conocer varios estilos. “Escuchaba de todo”, recuerda, y “las cumbias que había en ese momento eran Los Wawancó, que más sonaban, El Cuarteto Imperial y después los clásicos para las fiestas, como el Grupo Serpentina. Además, había muchos grupos de folclore, para hacer dulce”.

Estudio y música de la mano

“Cachilo” fue a la primaria en la Gervasio Méndez y luego cursó en la Escuela Técnica N°2, hasta recibirse de tornero. Mientras estaba en el segundo nivel, hizo un paréntesis en sus estudios para trabajar “en Musical Uno, cuando estaba en calle Italia, pero retomé los estudios en el Agro Técnico, donde terminé en sexto año como experto agrónomo y también hice un curso donde me recibí de inseminador artificial, pero nunca ejercí. Finalmente, me fui a Concepción del Uruguay a estudiar Técnico Vial, pero no pude terminar porque mi viejo estaba complicado de salud y volví y dejé inconclusa la carrera”.

Al poco tiempo empezó “a probar suerte con el tema de la música, que si bien venía de antes, allí aproveché que mi hermano Rubén, el ´Chino´, era el que compraba los discos, que ya andaba en eso, pasaba música con ´Turulo´ Viviani, otro grande. Él pasaba música en los asaltos y yo iba también, pero a bailar nada más, pero miraba cómo pasaban”.

Fernández no se olvida de que “el primer boliche que conocí, porque mi hermano trabajaba ahí, fue Archivaldo, que era una boat, como se llamaba en ese tiempo, que en realidad no era un boliche como los que se conocen, sino que era solamente para parejas. Si ibas solo, no entrabas. Pero yo iba a escuchar música, nada más, además de que no era una buena época para salir porque era en plena dictadura militar”.

 

Primer contacto con el vinilo

“Un día mi hermano me dijo que no quería pasar más música y se fue a Bárbaro. Ahí yo hablo con el dueño de ´Mi Tio Archivaldo´, de apellido Chapes, para trabajar allí y ahí comencé”, rememora.

Agregando como dato importante: “Lo único que sabía es que los discos eran negros, redondos, con un agujerito en el medio, nada más. Así que en la semana me puse a escuchar toda la discoteca que había, los discos que se ubicaban prolijamente en un mueble. En esa época y más en un boliche como ese, se pasaba francés, castellano, brasilero y de inglés nada, salvo melódico, más el folk rock americano, como Neil Diamond, Bread; después un poco de rock en aquella época, Deep Purple y de Brasil a María Creusa, Toquiño Vinicius, los españoles como José José, José Luis Rodríguez, Roberto Carlos, Erasmo Carlos, había que seleccionar muy bien”.

Agrega: “Lo primero que aprendí en la primera noche fueron los insultos que no conocía hasta ese momento, pero fui aprendiendo, porque incluso no tenía mucha técnica de enganche, no es como ahora; antes era el corte rápido, o cuatro golpes y se cortaba. Hasta que un día, ya estando ahí en Archibaldo, que estaba en calle Ituzaingó, sobre calle Rivadavia, al lado de un mercado, frente a la plaza, habían habilitado otro boliche (La Casona) donde pasaba música gente de Buenos Aires, y resultó ser algo distinto porque ya traían los famosos discos Maxi que los empecé a conocer ahí porque me hice amigo del que pasaba música, que sabía mucho y fue quien me enseñó la técnica”.

Marcó un momento importante para él, ya que “conocí otro tipo de música, empecé a usar la técnica del enganche que me la enseñó él y para mí ya fue distinto”.

 

Enganche tras enganche

Y vinieron más momentos y más lugares como O´Barquiño que “era un lugar de lujo, uno entraba como en un barco, los dueños eran fanáticos de los barcos, Guillermo Rivas y Lalo Moreira”, que recuerda era el lugar “adonde iban a bailar la mayoría de los grandes comerciantes que hay hoy; yo los hacía bailar cuando eran gurises”.

Para Fernández fue, como él mismo dice, “un arranque, porque ya venía con más experiencia, ya no zapateaba tanto, era más pulcro y tenía más conocimiento de la discoteca que estaba ahí, una de las mejores discotecas que había porque la persona que estaba compraba discos y tenía un excelente gusto musical, donde se estilaba mucho el brasilero”.

O´Barquiño fue su lugar durante bastante tiempo, hasta que un día decide grabar un cassette con temas enganchados y se lo lleva al disc jockey de Bárbaro, de apellido Isola, quien comenzó a utilizar ese material que “Cachilo” le había alcanzado. “¿Querés venir?”, me dijo, y empecé como iluminador, que consistía en ir manipulando las luces y donde los dedos te quedaban como pata de loro”, recuerda con humor.

 

Inicio de la era en Bárbaro

Alberto Bahillo y Horacio Rivas comandaban el boliche de Bolívar y Maipú, a quienes recuerda con cariño, “Bahillo era muy estricto, él venía de Zodíaco, una confitería que tenía, si mal no recuerdo, en 25 pasando Montevideo. Y en Bárbaro él veía parejas en el reservado y les decía que el lugar era solo para conversar, o vos estabas bailando en la pista con el pullover en el hombro y el tipo se subía a la pista, te tocaba el hombro y decía: "El pullover, o se lo pone o lo lleva al guardarropa. Pero cuando vio que la cuestión lo superaba, le vendió la parte a Horacio y se fue”.

 

Por el sur del país

Fernández siguió su vida buscando nuevos horizontes, por eso en 1985 se fue a trabajar al sur del país, a Río Gallegos, “para probar nomás”, aclara.  Y se ofrece como inseminador, pero no tuvo suerte, ni siquiera con los Benetton, dueños de muchas tierras en esa zona. Pero una persona le comenta sobre un boliche que tenía y le pregunta si quería trabajar allí, mientras desplegaba sus dotes de pintor.

Así pasaba toda la semana en el campo y los fines de semana llegaba a trabajar al boliche “Si Discoteque” como mozo “y mientras escuchaba al disc jockey, un muchacho cordobés. Mientras me hice amigo de un señor mayor de Concepción del Uruguay que era el encargado del boliche, además de tener una rotisería ´La Javiana´ donde iba a comer seguido. El disc jockey era un chico bastante soberbio y siempre caía al boliche con una banda de amigotes, cosa que no le gustaba mucho al encargado. A mi amigo le comentó que yo pasaba música y le pedí me diera unos minutos para pasar en el boliche. 'Te voy a probar', me dijo, y así fue, tuve esa oportunidad y quedé yo”.

 

¿Y Bárbaro?

Al tiempo, decide regresar a su tierra. “Voy a Bárbaro, abro la puerta y estaba vacío. ¿Qué pasó? Estaban Horacio y Molina, el encargado, y les preguntó qué era de la vida del boliche que se llenaba de gente. Y Horacio me dice: 'Hay un boliche, Airwolf, (en Churuarín, entre Gervasio Méndez y Tres de Caballería), donde va todo el mundo'”.

“Cachilo” decide ir a conocer ese boliche “y lo primero que escucho es la misma música que yo ponía en el sur, que seguramente habían traído de Buenos Aires y fue como una novedad para la gente de acá. Vuelvo a Bárbaro y le digo a Horacio: "Conocí el boliche, está bueno, está lindo, pero no es la infraestructura que vos tenés acá, pero si vos me dejás, así de una, en un mes te traigo a la gente de nuevo. En un mes y medio como mucho. Y si no, me voy y no cobro, no te cobro. Entonces me pregunta: "¿Qué hay que hacer? Hay que ir a comprar música; uno en un boliche vende música y en esa época era ir a comprar, no es como hoy”.

 

Había que saber comprar música

Ese “comprar” lo cuenta así: “Antes era más jodido encontrar la música, porque para conseguirla tenías que ir a Buenos Aires, pero había que entrar primero a la disquería, ya que no te daban mucha pelota si no te conocían. Te vendían lo que estaba en las bateas. Entonces, había que romper ese frío. Así fuimos a la mejor disquería que hay; iba a salir caro porque los discos son importados y en dólares, entre 10, 15 y hasta 25 y 50 dólares, depende si son americanos o ingleses”, aclarando que “hoy comprar un disco, digamos un vinilo como le llaman ahora, es inalcanzable, es un lujo. Yo supe tener más de 400 discos y los vendí a todos y con eso le pagué el estudio a mis gurises. Porque de qué me sirve tener un disco si no te vas a comprar una bandeja que hoy en día, una profesional Technic, te sale 2 millones y medio de pesos, sin la púa y sin la cápsula”.

Con Horacio en Buenos Aires, fueron a la disquería “El Agujerito” que estaba en la esquina de la Embajada de Israel. “El muchacho que estaba ahí lo había conocido porque ya le había comprado cuando estaba en el sur. Y ahí empezamos a comprar”. Hubo otros contactos para Carlos que le permitieron armar una excelente discoteca en el boliche, incluso con contacto en Montevideo.

El desafío fue cumplido por Carlos, quedando Bárbaro como el boliche más convocante.

 

Otros caminos, la misma pasión

A través de un amigo que hacía un programa en Radio Oriental, que se llamaba “Musicalísimo”, cuenta: “Era en los 80 y ese programa era como Tinelli, pero en Uruguay. Un día nos fuimos a Montevideo con Horacio y fui a la casa de este muchacho Gustavo Evers y nos hicimos amigos; luego me presentó un disquero y ya después lo llamaba por teléfono a Montevideo y le comprábamos; él me los mandaba”.

Después “abrió Sotap –rememora Fernández– y era la competencia, que estaba mi amigo Carlos Barello (Mundolo) y yo siempre lo jodía que él tenía el mejor sonido y la mejor luz, pero el mejor de todos estaba en Bárbaro”.

Pero este legendario boliche de la ciudad, tuvo una baja con la ida de Horacio Rivas “en los 90 y pico, donde ya había entrado Garage, un boliche en Rocamora y Bolívar, con toda una tecnología bárbara. En ese tiempo habré pasado unos meses sin hacer nada, hasta que me llaman de Power, en 25 de Mayo casi España, donde había un disc jockey de Campana y como se quería ir el encargado, le habían recomendado mi nombre. El sábado siguiente ya estaba trabajando; recuerdo que empezaba la época de los CD”.

 

Llega el CD y de nuevo a Bárbaro

Un tema aparte que explica: “Al final con Bárbaro me fue extraordinariamente bien y cierra Airwor, aparecieron los matinés de Sotap, pero cuando salgo de Bárbaro me voy a Concepción del Uruguay a trabajar a Laferrouge, de Guillermo Moyano. A Bárbaro llegó un muchacho de Buenos Aires que era operador de Radio Mitre, Mariano Andrade y trabajaba con CD y discos. El CD fue un boom".

Pero —aclara— "una cosa es ser operador de radio y otra disc jockey. Una cosa es poner música y otra, leer la pista. ¿Qué pasó? En un año, cada vez menos gente, y Sotap lleno. Hasta que lo cambiaron, llamaron a Chocho Iriarte y me proponen volver y yo sin problemas. Les dije: "Hay que hacer lo mismo de antes, hay que ir a comprar música", y así hicimos, y en un mes y medio lo volví a levantar por segunda vez a Bárbaro”.

 

“Observar a la persona”

Una cualidad que “Cachilo” demostró sobradamente, con ejemplos categóricos, teniendo al boliche de Bolívar y Maipú y a él como un dúo exitoso, sobre todo porque en más de una ocasión, demostró tener feeling con la gente y sabedor, como nadie, del comportamiento de una pista en plena noche bailable. “Uno tiene que observar a la persona, como digo siempre: lo importante no es la flecha, sino el indio”.

Fernández también marcó presencia en Power, Sotap, Laferrouge en Concepción, incluso en Parada Uno, frente a la ex plaza Colón.

De este último espacio cuenta: “Cuando llegué, me contaron que siempre tenían que cerrar temprano porque se van todos a bailar a Power, esa es la onda. Y le contesté: dame un tiempito que esto va a cambiar, la gente se va a quedar a bailar. Al poco tiempo cerró ese Power y en Parada no daban abasto con la gente, era un descontrol, la gente bailaba en la calle”.

 

Clásico de las fiestas

Mientras tanto, amenizar las fiestas pasó a ser uno de sus mayores movimientos como disc jockey, pero supo incursionar en La Cabaña de Miguel, ex O´Barquiño, “con toda la juventud nueva para mí”, acota. “Después me fui a otro boliche que se llamaba ´El Sitio´, en calle Bolívar; mientras estuve, era el único lugar que se llenaba en verano en el centro, cuando la costanera era una locura con todo el turismo”.

También comenzó a marcar presencia en las recepciones, principalmente los egresados de los 70, “me llaman siempre porque quieren escuchar toda la música de su época y es lo que hago; después de un rato piden cumbia y también les paso. Pero tenes que saber qué cumbia poner. No vas a salir con un Damas Gratis”.

Cuenta: “Hace poco tuve un cumpleaños de 60, una señora que era clienta de mi viejo que me contrató; la verdad que tengo tantos conocidos por esta profesión y a esta altura tengo por ahí versiones musicales que no se consiguen, porque antes de vender los discos los digitalicé y hay cosas que no se consiguen ni en internet, pero yo me tomé el trabajo de guardarlos y los uso. Mientras cenan, por ejemplo, pongo a Julio Iglesias, un Remix de Camilo Sexto, que también son bailables y que acá no se conocieron”.

 

Su propia fiesta de la nostalgia

“Lo más grande que me pasó fue hace un año y pico, cuando hice en Verú, La Fiesta de la Nostalgia, invité a mis colegas, a mi hermano Chino, a Chocho Iriarte, y a Isola y tuvo una gran aceptación; lo hice solito. Recuerdo que les dije a mi familia lo que quería hacer y ellos me dijeron: ¡¡Estás loco!! Pero respondieron todos y a la gente le gustó mucho esa fiesta”.

 

Fiestas y boliches, ¿iguales o diferentes?

“Cachilo” explicó la diferencia entre disc jockey de boliche y disc jockey de fiesta. “Si arrancás en un boliche y eso lo tirás a una fiesta, la rompés. Si vos tirás un disc jojckey en una fiesta y lo tirás al boliche, no es lo mismo. Es mi observación por todo lo que he visto. Antes, por ejemplo, un disc jockey en un boliche duraba muchos años y la gente era la misma, no cambiaba. Tengo recuerdos en el verano de gente que venía de Buenos Aires a Bárbaro, le encantaba por la música. Estaba al nivel de los grandes boliches de Buenos Aires".

“El disc jockey de New York City de esa época, era conocido mío, Julio Villanueva que era de acá de Gualeguaychú; el loco venía y me traía discos. Después conocí al musicalizador del programa "Modart en la noche" de Radio del Plata, Juan José Fernández Padrón, que venía y también me vendía los discos. Nos hicimos grandes amigos. Después lo conocí al locutor, al peruano Pedro Aníbal Mansilla, un viejito que era médico, que dirigía el Modart. De chico escuchaba ese programa. Gracias a esta locura de la música conocí mucha gente” y actualmente “sigo con las fiestas”, aunque reconoce que por ahí “me llaman de algún boliche, pero no es seguido, no le hago tanto”.

 

Innovador

Nuestra entrevistado fue “el primero que empezó a pasar música desde una computadora; recuerdo que fue en La Cabaña, con una idea que la traje de Montevideo, cuando me llamaron los de Musicalísimo. Fue Abel Duarte quien me preguntó: "¿Te animás, entrerriano?". Me fui allá dos semanas con todo pago, salgo a un boliche y veo al disc jockey que estaba con las manos y dije: "Las dos bandejas están perdidas" y el loco metía manos a un tecladito. Pam, enganche. Pam, enganche. Pam, enganche. Yo lo miraba. ¿Y este con qué está pasando la música? No veía ningún disco y preguntó si podía ir a la cabina; me está matando la curiosidad con qué está tocando. Llegó, veo la mesa de choque, donde él tenía un vidrio adelante que estaba el monitor de la computadora, estaba con el teclado donde veía los temas y los cargaba. Y entonces nos pusimos a hablar y le digo: "¿Con qué estás pasando?" Con un programa alemán que no se cuelga, y eso que en esa época las pc no eran una cosa monstruosa. Obviamente, me compré una, la hice traer de Montevideo, compré el programa original que hice instalar en un Windows 98, con licencia y jamás se me colgó. “Estás loco, me decían, es decir que ahora son todos locos”, explica Fernández sonriendo.

 

Adaptarse a los nuevos tiempos

Demuestra ser un apasionado de la tecnología y compara tiempos. “Antes era más artesanal y, hoy en día, leo que escriben en las redes que el que pasa con computadora no es disc jockey porque te empareja la velocidad de los temas; antes tenías que hacerlo con el pitch que estaba al costado o tenías que hacerlo frenando el disco con el dedito, bien rústico. La tecnología llegó para avanzar, porque si yo te pregunto: ¿vos querés hacer un viaje a España en una locomotora a vapor o en un tren bala? Hoy en día, pasar música con disco está bien, es un lujo porqué tenés que tener los discos que son caros, empezando por la bandeja, como dije, la más barata sale 2 millones y medio de pesos, es un hobby caro. Hoy los programas que se usan están todos diseñados para manejar los controladores; vos los enchufás, accionás una tecla que ya el programa la reconoce y listo. Yo tengo dos controladores en mi casa, tengo un Denon y un Pioneer, tengo un teclado común de computadora y todas las acciones que yo quiero que haga las tengo mapeadas en ese teclado, los controladores son disparadores con efectos. Si trabajás consciente con la perilla, no podés errar”.

Agrega: “La vez pasada, estaba en una fiesta y viene un español y una señora que vive en Alemania. Ella festeja el cumpleaños acá en Argentina y vienen al Camino a la Costa, y en este caso venían amigos de España, y que le pase música de los 80 y nada de cumbia. Pasando música, se acerca el gallego, me mira y no podía creer. Este es el controlador, le digo. ¿Puedo sacarle una foto?, me pregunta y le digo: Mejor hacé un video así se ve cómo funciona y cómo se hace”.

 

Todo tiempo pasado, ¿fue mejor’?

Surge una pregunta a raíz del uso de la tecnología: ¿Te gusta más pasar música ahora que antes? A lo que “Cachilo” responde: “antes tenía otro gustito, porque el vinilo tiene otro sonido, tiene más cuerpo, más grave, y el buen vinilo, el mejor, que suene como tiene que sonar, tiene que ser cristalino, no negro; el mejor disco de vinilo es el cristalino, porque el vinilo no tiene color. Cuando uno ve los discos negros o esos todos pintados que venían antes de Música en Libertad, son pigmentos que se les ponen, porque los mejores y más caros son los japoneses, que son cristalinos, porque no tienen impurezas; acá les ponen colorantes para que sean negros, para diferenciar el surco. Después hay un montón de discos, como los holográficos que salen fortunas, son de colección, pero ¿qué es lo que pasa? Tienen tanto pigmento en la figura, va girando el disco y van cambiando van cambiando la figura, la tapa, pero no suenan tan bien porque están llenos de pigmentos”.

 

Esas diferencias… de épocas

Y acota: "Vos en una fiesta vas a poner música con disco; hay que esperar que llegue el momento del puente, que se llama, donde quedan los golpes sin cantar, para poder engancharlo como se hacía antes. En una noche con vinilo podés pasar, a tres minutos y medio de promedio, unos 150, 200 temas con mucha furia y con una computadora en una hora meto 100 temas, pero eso tiene que ver con una costumbre; la gente quiere más temas en menos tiempo y es lo que pasa ahora con la velocidad; hoy se vive muy rápido. Uno pasa uno tras otro y hoy no paran de bailar”.

No se cansa de manifestar que “la clave está en la gente, hay que mirar la pista. Y por ejemplo, los que van a una fiesta van a comer, a tomar y a joder. Es así. Ahora la que va a un boliche es distinta porque, no sabes si va animado, si va deprimido, si va con ganas de joder o si va con ganas de escuchar música, entonces tengo que ver a la gente cómo entra; si llegan en grupo, digo: "Estos vienen a joder o algún grupo tranqui, pienso; a estos tengo que sacarlos del sarcófago, por eso tengo que buscar la vuelta para que se junten todos”.

 

Por Baires y “hay respetar la noche”

Por si le faltaba algo, Carlos también anduvo desplegando su arte en Buenos Aires: “Habré estado un mes nomás en un boliche y me volví, corría mucho la merca, ambiente pesado, más allá de saber que droga siempre hubo, pero no era mi estilo, jamás consumí, salvo el cigarrillo, mi único vicio”.

La noche, con sus cosas. “Uno puede estar en la cabina, pero así igual se arranca y uno se pierde mal, por eso a la noche tenés que tomarla con respeto, porque donde vos entras en la joda, sonaste, porque te comió, y si vos estás trabajando, pero entrás a la joda, la noche te come. Le pasó lamentablemente a muchos colegas con quienes he hablado en muchas oportunidades para recomendarles que tengan mucho cuidado, más cuando arrancan a laburar un viernes, siguen sábado y domingo. No es fácil. Hoy me dan la razón. Si no tenés conducta en la noche, te come. Y a eso lo charlamos siempre con otro gran colega, Horacio Dolche, disc jockey y hombre de radio. Por eso para mí, ya sea en fiestas o boliches, los protagonistas de la noche son la gente, nunca el disc jockey; nosotros solo somos transmisores, la magia la hace la gente”.

Si “Cachilo” lo dice….

Luis Evaristo Alem

“Cachilo” Fernández, el eterno disc jockey de Gualeguaychú: “hay que mirar la pista, verle la cara a la gente para tener éxito con la música”