14/06/2026

Murió Taty Almeida, la madre de Plaza de Mayo que dejó su huella en la ciudad contra la impunidad

La búsqueda de Lydia Estela Mercedes Miy Uranga comenzó el 17 de junio de 1975, cuando desaparecieron a su hijo Alejandro. Jamás logró dar con sus restos. Referente indiscutida del movimiento de derechos humanos, será recordada como una militante de la vida.

Taty murió este domingo a las 19.20 en el Hospital Italiano, donde estaba internada y acompañada por sus seres queridos. Su familia informará en las próximas horas los detalles de la despedida. Tenía 95 años.

El 1 de mayo de 2018, invitada por el ex intendente Martín Piaggio, visitó la ciudad y recorrió lo que era el desarrollo del Museo de la Memoria Popular que se construía en la Casa Rosada del Corsódromo.

Su partida deja una herida profunda en el movimiento de derechos humanos y para gran parte de la sociedad que no olvida a sus desaparecidos ni perdona a los criminales. En cada marcha, el vozarrón de Taty seguirá gritando que los 30.000 desaparecidos están presentes. Como ella.

Lydia Estela Mercedes Miy Uranga nació el 28 de junio de 1930. Desde chica le decían "Taty". Era hija de un militar de caballería que llegó al grado de teniente coronel, y de una ama de casa. Por los destinos de su padre, la familia vivió en distintas ciudades del paísr hasta instalarse en Belgrano, en la esquina de Lacroze y Cabildo.

En esa casa no había simpatía por el peronismo. Sus hermanas se casaron con hombres de la Fuerza Aérea y su hermano Carlos llegó a coronel del Ejército. Taty, mientras tanto, se recibió de maestra y a los 21 años se casó con Jorge Almeida, también de familia militar. Un accidente lo alejó de las fuerzas armadas y pasó a trabajar como despachante de aduanas. Tuvieron tres hijos: Jorge Martín, en 1953; Alejandro, en 1955; y María Fabiana, en 1956.

El matrimonio se separó en 1970. Taty reunió a sus hijos, les contó que se divorciaba y les pidió que consiguieran trabajo y siguieran estudiando de noche. Ella empezó a trabajar como secretaria en un consultorio y también hacía encuestas.

Le consiguió un empleo a Alejandro en la agencia Télam. Uno de los cuñados de Taty era interventor de la dictadura de la Revolución Argentina, y Alejandro no dudó en organizar protestas contra su propio tío. Con su carnet de periodista logró cumplir un sueño: entrar a un recital de Joan Manuel Serrat, acercarse y regalarle una de las pulseritas que él mismo fabricaba.

En 1974 empezó a trabajar en el Instituto Geográfico Militar. Por entonces estudiaba medicina en la UBA y militaba en el PRT-ERP. A su madre le decía, entre risas y abrazos: "Esta gorilita de mierda... sin embargo, yo la quiero tanto".

El 17 de junio de 1975 lo desaparecieron. Taty empezó entonces una peregrinación desesperada. Golpeó las puertas de militares que conocía de su entorno familiar: Orlando Ramón Agosti, Leopoldo Fortunato Galtieri, Albano Harguindeguy y Ramón Camps, entre otros. Cuando los militares tomaron el poder el 24 de marzo de 1976, llegó a pensar que esos "conocidos" le darían alguna respuesta. No ocurrió nada.

Tardó en acercarse a Madres de Plaza de Mayo. Tenía miedo de que la consideraran una espía por su pasado familiar. Cuando finalmente se animó a ir a la Casa de las Madres, en la calle Lavalle, lo primero que vio fue la pared cubierta de rostros de desaparecidos. Ahí entendió, por primera vez, que su dolor no era solo suyo.

La recibió María Adela Gard de Antokoletz, entonces vicepresidenta de la asociación. "¿A vos quién te falta?", le preguntó. Taty hizo catarsis: lloró, maldijo, se enojó con ella misma. María Adela la calmó con cariño: "No, mi hijita. Cada Madre tiene su momento, y éste es el tuyo".

En septiembre de 1979 hizo fila en la Avenida de Mayo para denunciar la desaparición de Alejandro ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El 10 de diciembre de 1983 volvió a colgar la bandera argentina en la puerta de su casa, con la esperanza puesta en la democracia recién recuperada. Aunque las Madres reclamaban una comisión bicameral, ella no dudó en presentarse ante la Conadep para contar su caso: "Si me dicen que hay un brujo acá en la esquina con datos de Alejandro, yo voy", decía.

Dentro del movimiento de derechos humanos, fue una de las voces que insistió en que la represión estatal no había empezado el 24 de marzo de 1976: a ella la habían golpeado nueve meses antes.

"Yo me siento parida por Alejandro. Me bajó de esa burbuja en la que toda la vida había vivido. Y estoy muy orgullosa de que él haya sido quien me parió. Yo era una gorila fatal. Me afeité. Todo eso fue después de lo de mi hijo", contó alguna vez en una entrevista para el Archivo Oral de Memoria Abierta.

"Es mentira eso que te dicen que el tiempo cura las heridas. Yo cada vez lo extraño más. Yo querría tener aunque sea un huesito de Alejandro", confesó.

Taty se despide sin haber podido encontrar los restos de su hijo, pero deja un legado imborrable: el de una mujer que transformó el dolor más profundo en una lucha incansable por la memoria, la verdad y la justicia.

Fuente: R2820/Página 12