04/07/2026

Fidel, el hombre que lleva la patria en el nombre y los colores en el alma

En modo Mundial, Fidel vende banderas, gorros y cornetas en la avenida Alsina. El frío extremo no lo detiene. Conocé al "abanderado" mundialista.

En la avenida Alsina, donde el viento de Gualeguaychú parece soplar con más fuerza cuando juega la Selección, hay un hombre que no necesita presentación, aunque su nombre suene a poema: Fidel Argentino Río.

No es el "vendedor oficial" por decreto, pero sí por la constancia de sus pasos y la calidez de su trato. El frío no lo detiene y cada día sale a vender para juntar unos pesos.

Bien abrigado, de cara al sol en la mañana, paliando el viento sur helado de la tarde, Fidel repite su ritual cada día. Desde temprano se instala en la pasarela central de Alsina, entre Jujuy y Juan José Franco, con la ilusión de llevar un plato de comida a la mesa de sus hijas.

Fidel es el guardián de los trapos celestes y blancos. Allí, rodeado de banderas de todos los tamaños, cornetas que esperan el grito de gol y gorros que abrigan la ilusión, construye su día a día.

Pero su historia no es solo la de una venta de ocasión; es la historia del "rebusque" con dignidad, esa que caracteriza al laburante que no baja los brazos.

“El año pasado no tenía cómo traer mercadería, pero este año me ayudaron y pude”, cuenta a R2820, con una honestidad que desarma.

Fidel no especula. Si consigue la bandera un poco más barata, le baja el precio al vecino. “Las tenía a 15 mil pesos, pero las bajé a 14 y 13 mil”, explica, mientras acomoda en su mesita de madera una de las grandes, de esas que flamean con orgullo en los balcones de la ciudad.

Su vida ha sido un eterno laburo a pulmón. Sin jubilación ni pensión que lo respalde, Fidel ha sido de todo: peón de albañil, hachero cortando leña y, por supuesto, una figura infaltable en nuestros Carnavales año tras año vendiendo desde vinchas hasta tocados de plumas.

Cuando el Mundial termina, el trabajo sigue, porque para él la vida es eso: ingeniárselas para que el plato de comida no falte.

Se instaló en el Corsodrómo -como siempre en los días previos al 25 de mayo-, como quien anticipa que la patria se celebra todos los días. Desde el arranque del Mundial de México, Estados Unids y Canadá, Alsina es su oficina a cielo abierto. No se mueve de ahí porque sabe que a tres cuadras "capas no pasa nada", y él necesita estar donde late el sentimiento de la gente.

Pero pasa. Enseguida se acerca Agustina. La joven docente de la Escuela de Educación Técnica N°3 viene por su bandera. "Va a ser nuestra cábala para el partido de esta noche", le cuenta a Fidel y dice que ya organizó todo con un grupo de amigos para "sufrir" ante Cabo Verde.

Antes de despedirla, con la humildad de quien conoce el esfuerzo, Fidel lanza su pálpito apoyando a la Scaloneta. Aprovecha y le cuenta a su clienta que se prepara para llevar su mesita llena de bubuzelas, cornetas, gorritos y banderitas a la Costanera para el festejo del 9 de Julio. "Quizás pueda vender algo más", anticipa.

Fidel se queda ahí, entre cornetas de 5 y 8 mil pesos, esperando al próximo vecino. Se queda con su nombre de río y su fe de hierro, recordándonos que el Mundial también es esto: la esperanza de un hombre que, vendiendo banderas, nos ayuda a todos a izar nuestra propia ilusión.