ESCRIBE ROBERTO ROMANI
"El cielo se ve más cerca", el emotivo recuerdo del cura gaucho Luis Jeannot Sueyro
Allí, entre las arrugas de los viejos y las flores de los niños, lloré sus palabras: "Pronto los dos nos iremos. La noche implacable llega. En cada puesta de sol, el cielo se ve más cerca".
Había nacido en las chacras del Gualeyán, el 20 de noviembre de 1917, "entre los brazos de los talas y los ceibos, bajo el poncho tembloroso de romántico sauzal".
En sus 90 años revivió siempre la infancia campesina. "Tuve el honor de haber nacido chacarero, hijo de un agricultor francés. Tuve el dolor de ver llorar a una mujer porque sus hijos tenían que irse, porque no había lugar en la chacra. Esa mujer era mi madre. Y junto a ella juré consagrar mi vida, para que no hubiera más madres que tuvieran que llorar como Esperanza Sueyro".
Se ordenó sacerdote en Paraná y celebró su primera misa el 21 de diciembre de 1942. Atendió espiritualmente a las familias de Rosario del Tala, Concepción del Uruguay, Maciá y Villaguay, antes de afincarse en Gualeguaychú, como párroco de San Francisco y capellán del Destacamento de Exploración de Caballería Blindada 121.
Trabajó los surcos del alma y sirvió a los enfermos.
Fundó escuelas y capillas en Ceibas, Islas del Ibicuy, Brazo Largo, Ñancay, Arroyo Perico, Dos Hermanas, Costa Uruguay Sur, Perdices, Arroyo Hondo, Cuatro Hermanas, El Potrero, Alarcón, Médanos y Las Mercedes.
Repitió siempre que "en la enorme extensión del universo hay un solo lugar para nosotros: la patria. Aquí se abrieron nuestros ojos para ver la tierra y aquí habrán de cerrarse finalmente para ver el cielo".
Jeannot Sueyro publicó "Verso y prosa" (1982), y "Los versos del cura gaucho" (2001).
Acompañó a los soldados en el conflicto con Chile. Visitó las Islas Malvinas y Tierra del Fuego. Fue premiado por la Liga de Madres de Familia y por la Federación Agraria Argentina.
Sus feligreses y amigos lo premiarán eternamente por haber sido una laguna donde vivió la estrella y haber brotado una flor en el barro de la indiferencia y el dolor.
Pedro Luis Barcia, distinguido entrerriano que estudió su vuelo de tradición y de fe, recuerda que "congregaba a todos en torno del altar improvisado y rústico en que misaba. Era un espectáculo hermoso ver caer la mozada, los viejos, los chiquilines, las muchachas, todos con parejo afecto y espontáneo cariño por ese hombre que era su Cristóbal, les llevaba a Cristo hasta los lugares más perdidos en el bañado o en el monte, en el riacho o la lomada".
Una larga madrugada, mientras mi padre se debatía entre la vida y la muerte, descubrí que el "cura gaucho" me sonreía desde un viejo retrato, en los pasillos del Hospital Centenario de Gualeguaychú.
Como en las noches peregrinas rumbo a la capillita de la Virgen del Valle, en Pehuajó Sud, como en las tardes de evangelio en las escuelas del campo, su mirada también fue esperanza que renueva y silencio con mil voces del Jesús cercano.