Opinión | Bernardo dei Maquivelli
¡Ay! El maldito poder
Me pregunté cuánto le dura el poder real a una persona? Hasta que le llegue la muerte sería la respuesta obvia. Pero claro, hay que saber diferenciar poderes, esa “facultad o potencia de hacer algo” y que nadie te joda, le agregaría. Es decir hacer lo que uno le canta y ¡se acabó!
Kueider, según quienes solían viajar a la sede del gobierno entrerriano en Paraná, más conocida como la Casa Gris, durante las gestiones del ex mandatario Gustavo Bordet, mencionaban más “al Turco” que al propio gobernador. “Había que hablar con él para resolver o conseguir cosas”, solían comentar. Un capo, dirían los pendex. Con todo el poder en sus manos.
Había plata, había gestión, pero también había que ser amigo del Edgardo. Claro que apadrinado por el mismísimo Bordet que no brillaba por sus encantos y ademanes sociales. Y le venía bien para sacarse lazos de encima. Tenía el poder y se lo prestaba al “Turco”, como le dicen a Kueider.
Verlo hoy a ese mismo personaje, encanutado en el vecino país luego de encontrarlo cruzando la frontera con más dólares que los que debe haber en los bancos de Gualeguaychú (por decir algo), dan diferentes sensaciones. Las mismas que seguramente le han causado a usted, pero sobre todo, pena.
Es cierto. Llegar al poder, sea en el lugar que sea, no es una tarea sencilla. Pero ejercerla de la manera correcta es terrible. Porque no debe obnubilar, no debe hacer perder el rumbo, no debe hacernos creer que somos superiores al resto, no jactarnos de nada. Sobre todo, porque cuando ese poder ya no existe la caída se siente el doble. Y eso si le debe doler a quien actúa sobrevalorado de poder.
En nuestro país parece que el poder político enceguece. Será como una droga que te come ciertas partes del cerebro donde habita la humildad, el respeto, el compromiso, el sentido común y alimenta sectores de la soberbia, la irrespetuosidad, la falta de respeto, entre otros.
En nuestra ciudad, había un conocido comunicador muy pintoresco que hoy tiene poder político y que está padeciendo los síntomas mencionados y no mide las consecuencias.
Y más allá de lo que dice, de manera desubicada claro, en más de una oportunidad hasta supo condenar y pedir cadena perpetua para quienes de su propio equipo solieron desubicarse con sus acciones, en una gestión comunal que se rasga las vestiduras ante hechos moralmente condenables.
Hay varios ejemplos a nivel nacional que parece habilitan a ofender, subestimar o lastimar libremente llamando a que los demás los naturalicemos.
Ojo que el poder político es prestado. Lo da la gente. Lo damos nosotros con el voto. Así le fue al partido de Bordet hace un año y medio y creemos Davico al menos, habrá tomado nota.
Lamentablemente hay ejemplos varios. Muchos en nuestra provincia, algunos pasados de mambo como en los gobiernos de Urribarri. Un “Pato” que debe estar gastando los ahorros en el mantenimiento de su ejército de abogados, como parte de su equipo, ojo, buenos muchachos, pero enceguecidos por el poder.
Y las caídas duelen más.
Hay casos como el de Kueider, ya que arrancamos con él, que no basta una disculpa, pero en otros sí. Al menos para dignificar ese “poder” temporario.
Por Bernardo dei Maquivelli