COLUMNA DE OPINIÓN

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03/01/2026

Esos raros sentimientos

De carne somos. Latinos somos. Calentones somos. Y filtro no tenemos.

Estas expresiones que se potenciaron con el advenimiento de las redes en los últimos años, a veces cobijados por falsos nombres, otras dando la cara, han llevado a elevar nuestra idiosincrasia en opinar, vociferar, expresar enérgicamente, muchas de manera inusual, despectiva, arrogante y mal educada (si se me permite esa expresión en desuso). 

Dividamos esto en dos partes. 

Parte 1: Las preguntas son: ¿Nos molesta el poder? ¿Nos molestan quienes tienen o poseen lo que nosotros no hemos podido alcanzar? 

Parte 2: Y al mismo tiempo, con una mirada totalmente opuesta, las preguntas son: ¿Nos molestan aquellos indefensos? ¿Nos molestan quienes no tienen nada de lo que nosotros sí poseemos? 

Uff. Releo lo escrito y me das más calor del que hay afuera. 

Pero veamos si no se trata de una especie de “misantropía” vista como “aversión al trato con los demás”, aunque no necesariamente hay que tener o no trato, simplemente con ver, escuchar en los medios y redes el accionar y las vivencias de quienes “odiamos”. 

Inasequibles 

De la parte 1 los ejemplos subyacen de manera permanente. Cuando puteamos contra el funcionario que vemos en la tele y solo porque es funcionario, o legislador, o sindicalista, y hasta los famosos caen en la volteada. Los calificamos como hdp solo porque están ahí. Nos imaginamos que están en un rango social más alto que el nuestro y ya sea por envidia, celos o porque todos lo putean, nos acoplamos. 

Ese “odio al poder” viene de una sensación en crecimiento y generalizada desconfianza hacia la autoridad misma y a quienes ocupan esos espacios. Mermado solo si simpatizamos con sus objetivos, propuestas o ideas o simplemente porque conocemos a los protagonistas. 

De hecho, que quienes practican el fundamentalismo de ese “odio” son los que marcan con mayor profundidad la postura de ese sentimiento. Una actitud que no suma ni sirve para ninguna o cualquier circunstancia. Como tampoco aquellos insulsos que nada aportan. 

Hay momentos de la vida diaria que nos muestran esa aversión. Por ejemplo, si pasa frente a nuestros ojos un auto de alta gama. Pensemos en un BMW 3.0 CSL (es o solía ser carísimo) no pensamos: “que bien, este auto lo compró trabajando”. Al contrario: “cuanto habrá robado o a cuantos habrá jodido este para tener ese auto”.

Y así con muchos ejemplos que en ocasiones apuntan a esa suerte de frustración personal porque nunca vamos a comprar un auto igual (somos varios ante esa marca de origen alemán), pero ojo, que si llegamos a adquirirlo vamos a ubicarnos en la vereda de enfrente y recibiremos las respectivas puteadas. 

Es como un cargo político. De hecho, que ha pasado y pasa. Pongamos como ejemplo a un concejal (no es nada personal, pero posiblemente es el más curtido). Pero puede pasar que de repente nos encontramos participando en política, integrando una lista y llegamos a acceder a una concejalía. Estamos y llegamos al lugar que antes puteábamos. Y, los acontecimientos lo demuestran, no hacemos nada, o mejor dicho hacemos lo mismo que hacía (o no) el que antes criticábamos con dureza y, de manera inmediata, pasamos a formar parte del grupo selecto de puteados. 

El polo opuesto

En la parte 2, podemos analizar un sentimiento cercano a lo que se llama como “aporofobia”, una suerte de “odio a los pobres”. Rechazo y aversión por el solo hecho de pensar que ocupan una escala menor (mucho menor) a la que creemos estar ubicados nosotros. 

Acá también hay que hablar de ese alto grado de desconfianza, tal como en la parte 1, pero en este caso por miedo a un supuesto robo, si alguien toca el timbre en casa pidiendo “algo”, al cruzarnos en la calle a alguien con “cierta facha” y ya lo estigmatizamos por su imagen. Para colmo de males nuestro perro, más estigmatizador que nosotros, no solo ladra como si hubiera visto al mismo diablo, sino que intenta morderlo, con el objeto de prevenir un supuesto “ataque”. 

El gorrito, la mochila, algo que lleve en la mano, son algunos de los elementos que enloquecen a un can en este ejemplo. 

Para colmo de males, en las gestiones de gobierno, sobre todo las municipales, existen programas de ayuda y de diferentes maneras para quienes integran los sectores más vulnerables de la sociedad, llámese los pobres y eso exaspera a muchos.

Quizás como en una guerra, cuando se lanza un misil con el objetivo de aniquilar a alguien en particular, también mueren inocentes o quienes nada tienen que ver. “Hubo daños colaterales”, se justifican quienes lanzan el ataque. 

Así podríamos justificar a la mencionada “acción social” que puede implementar una gestión gubernamental, por ejemplo, con un programa de la talla de la AUH (Asignación Universal por Hijo), donde se le da una mano a quienes verdaderamente la necesitan, pero al mismo tiempo a los que llamamos “vagos” o “haraganes”, los que serían, en este caso, el “daño colateral”. 

También es cierto que, para hablar de pobreza, hay que conocerla, aclarando que viene en constante crecimiento año tras año en el mundo (no solo en nuestro país). Decimos y repetimos como loros frases como “es pobre porque quiere”, sin saber que es posible que no quiera, pero también, muchos no pueden y otros no saben como salir de esa situación. 

Seamos estúpidos 

Rechazar la pobreza y a los pobres tampoco nos debe condenar al calabozo. Rechazar al poder y poderosos tampoco nos debe mandar a la hoguera.

Al parecer a esta sociedad le vienen bien los opuestos y el propio sistema lo promueve constantemente. 

No podemos entender como un hincha de River y otro de Boca puedan agarrarse a trompadas por simpatizar cada uno por su club o un radical con un peronista. 

La antípoda de todo esto es el amor. Sin duda. Un sentimiento que dejamos para familiares, amigos o cercanos. Dicen que al amor “nos vuelve estúpidos” o “nos hace actuar de manera irracional”. 

Y lo tiro como propuesta: ojalá podamos ser o actuar cercanos a una plena estupidez si no seremos eternos “estúpidos odiadores”.