Politiqueando. Por Bernardo dei Maquiavelli
Muy lindo el mundial pero, ¿como estamos en casa?
Esa serie de larga duración que protagoniza Mauricio “Palito” Davico y que ya superó ampliamente la mitad de su primera temporada en Gualeguaychú. Lo que sigue es una mirada absolutamente subjetiva, parcial y discutible. Es decir, una opinión. Nadie se me ofenda; para eso están las redes sociales.
Diciembre de 2023: cuando todo era expectativa
Parece que fue ayer. Davico llegaba al Municipio como esos boxeadores que suben al ring sin tirar golpes durante los primeros rounds. Mucho estudio, mucho análisis, mucha observación. Aunque, para ser sinceros, el rival no estaba enfrente. El rival era la propia gestión que comenzaba. Descubrir qué había detrás de la puerta de la Municipalidad era bastante más desafiante que cualquier campaña electoral.
Mientras tanto, como suele ocurrir en estos casos, la oposición más accesible era la gestión anterior. Y allí se apuntaron los primeros golpes. Durante varios meses, la herencia recibida pareció convertirse en el principal programa de gobierno. Si algo no funcionaba, la culpa era de los de antes. Si llovía, probablemente también.
La Fiesta del Pescado y el Vino fue enviada al mismo lugar donde descansan las promesas electorales olvidadas. El Parque Industrial Seco sufrió una autopsia política antes de terminar de desarrollarse. Y una denuncia judicial que pretendía ser un misil terminó pareciéndose más a un boomerang.
Cuando comunicar y gobernar no son exactamente lo mismo
En aquellos primeros meses, como un detalle interesante, el jefe de Gabinete, Luciano Garro, que pasó de ser un periodista acostumbrado a comentar la realidad a tener que administrarla, notándose claramente la distancia de lo roles, ya que una cosa es analizar un partido desde la tribuna y otra muy distinta es entrar a jugarlo. Garro, fiel a su estilo frontal, repartió críticas con entusiasmo industrial. Algunas declaraciones generaron más ruido que resultados. Hasta que, aparentemente, alguien recordó que gobernar una ciudad de casi 100 mil habitantes requiere algo más que buenos títulos periodísticos. Tal vez también influyó el salto demográfico. No es exactamente lo mismo administrar Pueblo Belgrano que Gualeguaychú. Es como pasar de conducir un karting a manejar un colectivo lleno de pasajeros que además opinan.
Los tiros que volvieron
La política tiene una particularidad fascinante: casi todos los tiros por elevación terminan cayendo sobre quien los dispara. Algo parecido ocurrió con el intento de desplazar al concejal Maximiliano Lesik del Concejo Deliberante. La maniobra terminó produciendo más dolores de cabeza que beneficios. A partir de entonces, la gestión pareció bajar un cambio. O dos. Y eso, paradójicamente, le hizo bien.
Porque Gualeguaychú podrá discutir de política durante horas, pero suele aburrirse rápido de las peleas permanentes. La ciudad prefiere las obras a los berrinches institucionales.
Palito volvió a pista
Con el paso de los meses apareció una estrategia más simple: que hablara el intendente. Y ahí Davico mostró una de sus fortalezas. Tiene carisma, conecta con la gente y suele transmitir cercanía. Eso sí, todavía conserva un pequeño hobby político: recordar que antes las cosas estaban mal hechas. Cada inauguración parece incluir una versión elegante de la frase: —Esto ahora funciona porque nosotros lo arreglamos. Lo cual, visto desde cierta perspectiva, también es una forma de mantener vivo el recuerdo de la gestión anterior.
La candidatura que desafió el calendario
Conviene recordar que Davico llegó a la intendencia después de protagonizar una de las novelas jurídicas más entretenidas de los últimos años. Había sido dos veces intendente de Pueblo Belgrano y decidió competir en Gualeguaychú. Algunos sostuvieron que era perfectamente válido. Otros que era absolutamente inconstitucional. La Justicia, como acostumbra cuando aparecen temas incómodos, se tomó su tiempo. Lo suficiente para que Davico fuera candidato, ganara, asumiera, acomodara los cuadros, organizara reuniones, aprobara presupuestos y cumpliera más de un año de gestión. Recién entonces apareció un dictamen sosteniendo que, efectivamente, aquella candidatura había sido ilegal. Una demostración extraordinaria de eficiencia institucional. Como diría cualquier vecino: "Gracias por avisar."
Entre la popularidad y la billetera flaca
Más allá de aquellas discusiones, Davico conserva niveles de aceptación que muchos dirigentes envidian. También mantiene cierto orden administrativo, mérito que varios atribuyen al experimentado Daniel Acuña. No es poca cosa. Gobernar con recursos escasos se parece cada vez más a jugar al Tetris financiero. Por un lado está Javier Milei recordando cada cinco minutos que "no hay plata". Por otro, un gobierno provincial que parece practicar el arte de la contemplación presupuestaria. Entre ambos extremos, los municipios hacen equilibrio.
El viejo enemigo: el asfalto
Hay una deuda histórica que atraviesa gobiernos de todos los colores: el pavimento. Basta recorrer otras ciudades entrerrianas para advertir que allí el asfalto parece reproducirse espontáneamente. En cambio, Gualeguaychú todavía conserva calles que permiten a los amortiguadores desarrollar una intensa vida profesional. Bahillo mejoró mucho el centro. Piaggio extendió cordones cuneta y avanzó en barrios periféricos. Pero una política agresiva de pavimentación nunca terminó de consolidarse.
Y ahí aparece uno de los desafíos más visibles para la actual gestión. Porque las calles tienen una costumbre desagradable: cada vecino las usa y, por lo tanto, todos opinan sobre ellas.
Lo que viene
Terminada la fiebre mundialista, la política volverá a hacer lo que mejor sabe hacer: hablar de candidaturas.
La gran pregunta será si Davico intentará ir por su reelección. La segunda pregunta será si alguien logrará impedirlo antes de que termine el próximo mandato. Porque si algo enseñó la experiencia reciente es que la Justicia y los tiempos políticos suelen vivir en universos paralelos.
También habrá que observar qué hacen Bahillo y Piaggio. Porque una cosa es poder volver y otra muy distinta es querer volver. Y si Davico decidiera no competir, surge otro interrogante: ¿quién heredaría el bastón de mando dentro de su espacio? Aprovechando su dote de gran elector. Y casi todos descubren, tarde o temprano, que los votos tienen la desagradable costumbre de pertenecer a los votantes.
Final abierto
Las comparaciones siempre son injustas, pero también inevitables. Bahillo dejó una vara. Piaggio la elevó un poco más. Davico intenta construir la propia. Mientras tanto, la ciudad sigue esperando algo bastante menos épico que las disputas partidarias: que funcionen los servicios, que mejoren las calles y que las decisiones importantes sobrevivan a los cambios de gobierno. Quizás sea mucho pedir. O quizás sea exactamente para eso que elegimos gobernantes.
Pero bueno, no nos pongamos tan exigentes.
Esperemos como la va a Davico por Israel y que aires puede traer, peguntándonos porque no queda la vice a cargo del Ejecutivo, más allá de que en la práctica siempre es el secretario de Gobierno quien maneja administrativamente. Así que amantes de presentaciones judiciales abstenerse no llega a ser un acto anticonstitucional.
Tranqui. Que arrancamos con un “hat trick” del más grande.
Y mientras tanto veamos cómo sigue el Mundial.
Después vemos.
Bernardo dei Maquivelli